El despetalizador de flores

Gregorio Guerrero
Ilustración: Gregorio Guerrero

Gubidxa Guerrero

Este era un señor que despetalizaba flores. Profesión nada sencilla, si consideramos que éstas tienen incontables partecitas --por llamarles de algún modo--; sobre todo los nardos.

Pocos saben que las gardenias, las rosas o las magnolias necesitan de atención minuciosa. No basta con plantarlas, regarlas, ni con esperar pacientemente su crecimiento. Es preciso revisar detalladamente cada pétalo. Y a esto se dedicaba el susodicho.

La otra cara de la tradición: ¿Velas o pachanga?

"Cartel no oficial". Manuel Cabrera
Gubidxa Guerrero

Siempre procuro que mis textos inviten a la reflexión. Jamás me he sentido satisfecho con sólo narrar acontecimientos políticos o históricos, sino que procuro resaltar las posibles enseñanzas que nos puedan arrojar dichos sucesos. Lo que ya todos saben, o lo que todos piensan, no debe ser repetido si no es bajo argumentos que le den más solidez y que permitan un ejercicio crítico objetivo. Lo mismo sucede con algunos discursos románticos referentes a la tradición. 

Reflexiones en torno a la vestimenta tradicional

Joven zapoteca. Foto.- Tina Modotti.
Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario el sábado 07/Sep/2013]

El pueblo zapoteca es milenario. La cultura zapoteca es riquísima. Todo aquello que nos caracteriza como etnia (costumbres, creencias, hábitos, ropa, cantos, etc.) es, de por sí, fantástico. Uno de los aspectos que distinguen a nuestro pueblo y a su cultura es el dinamismo. Los binnizá de hace tres mil años eran diferentes a los zapotecas que construyeron Monte Albán hace dos mil, o a quienes conquistaron la planicie costera del Istmo de Tehuantepec hace seiscientos. Los zapotecas avanzamos, retrocedemos y volvemos a caminar. Siempre innovando. Y si bien, las personas de Monte Albán, Zaachila, Mitla, y Guiengola eran diferentes en tiempo y lugar; eran, a su vez, iguales en una cosa esencial: la identidad, su ‘zapotequidad’. 

La Sandunga, canto de unidad, canto de guerra

Busto de Máximo Ramón Ortiz
Gubidxa Guerrero

Cuando los ancianos escuchan los acordes de La Sandunga, inmediatamente cambian el semblante, y la emoción se apodera de ellos. Lo mismo sucede cuando un zapoteca del Istmo se encuentra lejos del terruño. Y es que si existe un son que identifique por igual a tehuanos con tecos, a jeromeños con guiaatis, y a habitantes de todas las poblaciones de la planicie costera, ese canto es La Sandunga.

Mucho se ha especulado sobre su origen. Se ha discutido bastante acerca de la ciudad donde surgió. Lo cierto es que esta pieza, si bien se ha convertido en un canto de todos, está asociada a dos personas: Máximo Ramón Ortiz y Andrés Gutiérrez (Ndré Saa, quien se se dice que la musicalizó como la conocemos ahora); tehuanos ambos.

¿De cuándo procede? Éste, como otros elementos culturales que enriquecen la identidad de los binnizá, nace del fuego de las batallas. En abril de 1850 el pueblo de Juchitán y el entonces Barrio de San Blas iniciaron la rebelión más grande habida en el sureste mexicano durante los últimos doscientos años. Dirigió el levantamiento de los zapotecas istmeños José Gregorio Meléndez, conocido entre los suyos como Che Gorio Melendre.

La privatización de las salinas ―fuente primaria de sustento de los pueblos de la planicie costera― y la intransigencia de don Benito Juárez García, Gobernador de Oaxaca en esa época, provocaron la guerra. Aunque en un principio el tehuantepecano Máximo Ramón Ortiz combatió la insurrección, también él se rebeló por motivos particulares un año después.

Santa Cruz ¿Tecolapan?

Glifo de Tecolapan
Gubidxa Guerrero 


Uno de los pilares del alma zapoteca en la ciudad de Tehuantepec es el Barrio de Santa Cruz Tagolaba. Sus habitantes gustan destacar la peculiaridad de sus costumbres, mismas que conservan celosamente. Dicho barrio es un reducto donde todavía se escucha la lengua de los binnigula’sa’ y donde las mujeres usan de forma cotidiana la vestimenta tradicional, además de dedicarse a las actividades típicas de nuestra etnia. Muchos hombres de Santa Cruz van al campo, y los comuneros tulabeños son respetados en muchas poblaciones istmeñas.

Supervivencia

"Nadie creerá que eres brujo", le dijo el nahual a Francisco cuando le perdonó la vida.
Ilustración: Manuel Trapiche


Gubidxa Guerrero 

Francisco camina despacio. El traje le pesa demasiado. A pesar de repetir la rutina de ejecutivo de una importante firma, sigue sin acostumbrarse. La capital del país lo fascina en algunos aspectos, pero en otros le aburre. De no ser por los vendedores ambulantes, la calle Madero y sus visitas al barrio de Tepito, se moriría de desesperación.   

El árbol de guetazee


Por Gubidxa Guerrero

Con mucho cariño, para mi hermana.

Xunaxi siempre pensó que el mundo no había descubierto la comida zapoteca. Decía que en el más pequeño pueblito del Istmo, Valle o Sierra podían prepararse más guisos originales que en la Francia entera o en la botuda Italia. “Pero así son las cosas. A lo mejor Dios nos ama tanto, que guarda placeres únicos para nosotros”. 
   
De todo lo que su paladar había probado, acumulaba recuerdos precisos. Y de los muchos platillos que le gustaban, tenía por predilecto los tamales de elote, conocidos en la zona istmeña como guetazee, que acompañados con crema y queso saben a comida de dioses.
   
Deshojaba lentamente cada tamal. Una vez en el recipiente, le vaciaba a cuentagotas la mantequilla, espolvoreando pedacitos de queso seco o porciones de queso fresco, según su preferencia.
   
De niña siempre imaginó que los tamales de elote eran frutos brotados a ciertos árboles. ¿Una planta de guetazee? Podría ser… En la mente de los pequeños todo es posible. Pero una tarde, Xunaxi cometió la imprudencia de confesar su ilusión a sus hermanos, quienes, traviesos como ellos solos, decidieron tenderle una trampa.   

Historia del Cortamortaja

Ilustración: Gregorio Guerrero 


Gubidxa Guerrero

Hace bastantísimo tiempo, tanto que no hay quien lo recuerde, los animales reinaban en el mundo. Ellos, y nadie más, dominaban por sobre el firmamento, los mares y la tierra toda. Cuentan los que me refirieron esta historia que en aquel entonces la vida no acababa; todo ser perduraba eternamente. 
     

Prestigio compartido: San Blas Atempa y Tehuantepec

Serpiente de piedra en el Barrio Xhihui, San Blas Atempa.
Foto.- Flavio Rojas 
Gubidxa Guerrero

Los zapotecas istmeños vivimos en una pequeña confusión o en un malentendido, según quiera decírsele, pues durante las últimas décadas hemos sido injustos con lo que hoy es la Villa de San Blas Atempa.

A lo largo de muchos años, cronistas e historiadores han otorgado el reconocimiento y prestigio, que  debería ser compartido, a un solo municipio. Pues cuando hablamos de la sede del poder político del reino zapoteca del Istmo, pensamos únicamente en Tehuantepec; cuando nos referimos a la ‘Rebelión de 1660’, nos imaginamos al pueblo tehuantepecano de hoy y a los barrios que hoy lo conforman.

Pero lo cierto es que el Tehuantepec de nuestro tiempo no es exactamente el de la historia prehispánica y colonial. Le falta una parte esencial, le faltan dos antiguos barrios que hoy componen un municipio aparte: Xhihui y San Blas.

Be'ñe'

 Akuetspalime / "Lagartos". Autor.- Gregorio Guerrero

Gubidxa Guerrero

Dicen que el lagarto es un animal que estaba desde que el mundo era obscuro; antes, incluso, de que los zapotecas brotaran. Cuentan los que saben, que uno de nuestros padres nació del huevo de uno de ellos; otro del águila; alguno más del vientre de un jaguar; y de las piedras, y de las raíces de los árboles… Si bien los binnizá descendemos directamente de los seres más antiguos; de todos éstos, el primero fue Be’ñe’, el lagarto.