El árbol de guetazee


Por Gubidxa Guerrero

Con mucho cariño, para mi hermana.

Xunaxi siempre pensó que el mundo no había descubierto la comida zapoteca. Decía que en el más pequeño pueblito del Istmo, Valle o Sierra podían prepararse más guisos originales que en la Francia entera o en la botuda Italia. “Pero así son las cosas. A lo mejor Dios nos ama tanto, que guarda placeres únicos para nosotros”. 
   
De todo lo que su paladar había probado, acumulaba recuerdos precisos. Y de los muchos platillos que le gustaban, tenía por predilecto los tamales de elote, conocidos en la zona istmeña como guetazee, que acompañados con crema y queso saben a comida de dioses.
   
Deshojaba lentamente cada tamal. Una vez en el recipiente, le vaciaba a cuentagotas la mantequilla, espolvoreando pedacitos de queso seco o porciones de queso fresco, según su preferencia.
   
De niña siempre imaginó que los tamales de elote eran frutos brotados a ciertos árboles. ¿Una planta de guetazee? Podría ser… En la mente de los pequeños todo es posible. Pero una tarde, Xunaxi cometió la imprudencia de confesar su ilusión a sus hermanos, quienes, traviesos como ellos solos, decidieron tenderle una trampa.   

La llevaron a un huerto de plátanos, propiedad de un pariente. “Ahí tienes, xhunca ―le dijo el mayor―; es un árbol de tamales”. Y a Xunaxi le brillaron los ojos al comprobar que su imaginación cobraba certeza. Entonces quiso sentir la dicha de cortar un fruto por sí misma, para lo que les pidió ayuda. Bromistas, aceptaron con la condición de que comiera delante de ellos lo que quedara una vez deshojado el supuesto guetazee. Inocentemente, la niña accedió, diciéndoles que no sólo lo comería, sino que les convidaría. Sus hermanos echaron a reír.
   
Entonces se apoyó en dos de ellos para subirse a los hombros de un tercero y así poder alcanzar lo que deseaba. Cortó el fruto. Todos aguardaban la explosión de carcajadas durante la espera de que pelara las hojas. Pero a Xunaxi se le fue iluminando el rostro hasta tener una sonrisa gigante en los labios. Como si hubiera encontrado un auténtico tesoro, descubrió partes doraditas de su tamal, al que dio tremenda mordida al tenerlo limpio de hojas. En lugar de burlas hubo asombro, y nadie entendió lo que había sucedido.
   
A muchos años de distancia, mi hermana sabe que los tamales de elote que tanto nos gustan surgen de las manos de las laboriosas mujeres que los preparan con esmero en hornos tradicionales. Pero el sabor del guetazee que disfrutó siendo niña no se le ha quitado de la boca.