El campesino y su carreta

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Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el domingo 13/Abr/2014]

Los niños tienen la rara cualidad de ver el mundo maravillosamente. Lo que a ojos de un adulto es una simple puesta de sol, para un niño puede ser una conflagración de estrellas o el repentino cierre de un portal a otra dimensión.
Cuando era pequeño, Máximo Jiménez solía esperar frente a su casa el recorrido de las carretas de los campesinos que regresaban al pueblo. Como vivía en la zona sur, justo por donde los labradores se adentran a los inmensos terrenos comunales, Máximo podía darse el gusto de oír chillar las ruedas forradas con hierro jaladas por grandes toros cebú. Entonces se acercaba presurosamente a ellas para brincar sobre las tablas de la parte posterior.
Cuando algún campesino estaba de buen humor, permitía que el niño montara a un animal; y Máximo sentía una felicidad tan grande que hasta el otro lado del pueblo se notaba la blancura de su sonrisa. Por eso no tuvo dificultad para elegir su profesión. 

“Voy a ser campesino”, le dijo a su maestra cuando preguntó a los alumnos de la clase, de uno en uno, lo que querían ser de grandes. Mientras sus compañeros externaban sus deseos de convertirse en médicos o abogados, el pequeño Máximo afirmaba con toda la seguridad posible, su voluntad de volverse un hombre de tradición.

Daba la casualidad de que los padres de nuestro personaje eran los más acomodados del pueblo. Por lo tanto, para ellos resultó fatal escuchar repetir al niño lo que comunicó a su profesora. Pero no imaginaron que pasara de una mera ocurrencia.

“Es natural ―dijo la madre―. Cuando crezca se le quitará esa loca idea”. Pero Máximo se empeñaba en aprender el arte de los hombres que labran la tierra. Cada que se subía a una carreta, procuraba enterarse de los pormenores del oficio, haciendo numerosas preguntas a sus anfitriones.

“¿Cómo se barbecha? ¿Cuándo saben que ya es tiempo de siembra? ¿Cómo se riegan los campos?”. También procuraba instruirse acerca del conocimiento de las plantas y de los animales. 

Pasaron los años, y aquellos niños se volvieron jóvenes. Muchos de ellos emigraron a zonas industriales en busca de lo que consideraban un mejor porvenir. Algunos otros alcanzaron grados universitarios en las escuelas provinciales. Pero hubo un muchacho alegre que decidió seguir el rumbo que le dictaba su conciencia o, más bien, su corazón.

Todas las madrugadas pasa con rumbo sur para atender la milpa que es su mayor orgullo. Por las tardes regresa sentado sobre la carreta que rechina fuertemente en su avanzar pausado. Los infantes se alegran cuando lo escuchan acercarse, pues saben que los dejará subirse a ella para emprender un corto viaje por las avenidas del pueblo. A veces los deja montar el lomo del par de cebús que van por delante. Cuando algún niño le dice tuteándolo, porque aún es joven, “Máximo, ¿tú disfrutas ir al campo?”, él contesta: “Es lo que más amo en este mundo”.