Relato de una niña que quiso ser caracol

Ilustración: Gregorio Guerrero
Gubidxa Guerrero

San Mateo del Mar es tierra de pescadores; de hombres de viento y arena; de barcas. Ningún pueblo istmeño está más cercano a la inmensidad del océano. Por sus calles se respira la espuma marina. A un costado sus aguas son quietas, y al otro, feroces. Las personas de ahí se hacen llamar ikoots, aunque son más conocidos como huaves. No se sabe exactamente de dónde vinieron, pero llegaron de muy lejos hace muchísimo tiempo; tanto, que ni ellos se acuerdan. Alguna vez fueron dueños de toda la planicie costera. Hasta el pueblo de Jalapa llegaban sus dominios; pero así como ellos conquistaron estas tierras, fueron sometidos y arrinconados, a su vez, hasta donde se encuentran ahora. De ahí era la niña que quiso ser caracol. 

Minio

Gubidxa Guerrero Luis

Dicen que Herminio Pineda fue muy guapo. Las señoras que lo conocieron durante la niñez, lo cuentan. Pequeño de cabello brilloso con una sonrisa en los labios que agradaba a cuanta señorita se acercara. 

Muchas veces le hicieron ojo, por lo que Minio pasó parte de su infancia entre las curanderas del pueblo, recibiendo sendos baños de aguardiente y rameadas de albahaca. 

A pesar de su belleza inusual era tímido; rehuía de la gente. Por eso a la edad en que los muchachos van al parque a buscar sonrisas escondidas entre las guapas señoritas, Minio caminaba por la orilla del río tirando piedras al agua. Le gustaba mirar cómo rebotaban una, dos o hasta tres veces.