Necesario impulsar el “Acuerdo para la Participación Ciudadana” en Juchitán

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el lunes 17/Feb/2014]

Uno de los peores males de la administración pública es la desatención de los problemas urgentes. Y eso se debe, en gran medida, a que las personas que toman las decisiones de nuestras ciudades y pueblos desconocen dichos problemas. 

Es necesario que la ciudadanía colabore con las autoridades, porque sólo sumando los esfuerzos, capacidades y la experiencia de todos, podremos edificar una mejor sociedad. Para ello se hace forzoso que quienes gobiernan Juchitán, acepten comprometerse a implementar algunas medidas que hagan más sencillo el reordenamiento de la vida pública. 

Como se recordará, en junio pasado el Comité Melendre organizó un debate entre los candidatos a la presidencia municipal, quienes compartieron el mismo escenario para hablar de los temas que más preocupan a los habitantes de una de las ciudades más importantes del Estado de Oaxaca. Con el lema “No más rollos. Sí al debate”, se hizo con la pura intención de propiciar un encuentro que echara abajo el mito de que los zapotecas istmeños no podemos charlar civilizada y respetuosamente.

Como siguiente paso, se invitó a los candidatos a suscribir el “Acuerdo para la Participación Ciudadana”, mismo que constituía el compromiso moral de cumplir tres puntos: 1.- Sesiones de Cabildo públicas, transmitidas por radio e Internet; 2.- Creación del Consejo Consultivo Ciudadano y 3.- Revisión de los “Cinco Ejes para la Paz Social en Juchitán”. Tres de los participantes en el debate lo signaron, así como varios testigos de honor de la sociedad civil; sin embargo, el actual presidente municipal hizo caso omiso al llamado.

Para el Comité Melendre la negativa del entonces candidato puntero fue muy decepcionante, especialmente porque en un clima de crispación se esperaban señales que dieran certeza de la construcción de un gobierno incluyente y participativo. 
“A más de un mes del relevo municipal, la organización considera llegado el momento de retomar el proyecto original para seguir construyendo confianza en la ciudad”, fueron las palabras de Juquila A. Ramos Muñoz, Responsable de la Comisión de Acción Ciudadana del Comité Melendre. 
Según sus declaraciones, el “Acuerdo para la Participación Ciudadana” no debe ser visto como un obstáculo, sino como un instrumento que propicie el diálogo efectivo entre las autoridades y la ciudadanía. 
“El gobierno siempre ha puesto condiciones, diciendo cómo y cuándo escuchar a los habitantes. Eso desalienta la participación. Lo que nosotros estamos proponiendo es que el ciudadano sepa quiénes son sus representantes, qué hacen y cómo trabajan, para así poder sumarse a las tareas que el municipio necesita”, agregó Juquila Ramos.
Esta misma semana el Comité Melendre convocará a varias organizaciones civiles a un diálogo franco, para definir la manera en que se hará llegar una propuesta concreta al Cabildo juchiteco. 
“Nosotros sabemos cuáles son nuestros derechos. No estamos inventando nada ni pidiendo una exageración. Simplemente deseamos que se dé cumplimiento a lo que marcan las normas en la materia. Esperamos que al menos una parte del cabildo sea sensible a nuestra inquietud. Aunque lo deseable es que el presidente municipal reconsidere su postura de junio pasado y mire con buenos ojos nuestra propuesta”, finalizó la Responsable de Acción Ciudadana.
Es importante que la ciudadanía recupere la confianza en los servidores públicos. Pero antes es preciso que los gobernantes den señales inequívocas de apertura democrática. Estamos frente a la oportunidad histórica de edificar una nueva relación pueblo-poder local. Ojalá impere el sentido común y no se desdeñe esta iniciativa.  

La tragicomedia istmeña

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el domingo 16/Feb/2014]

No sabía don Ernesto que esa mañana cambiaría todo. Cuando abrió la puerta se encontró con cinco manifestantes con pancartas y objetos que obstruían su entrada. La sonrisa mañanera se convirtió en desconcierto. No tenía idea de lo que estaba pasando.

Lo primero que hizo el habitante de ese hogar ―ubicado en avenida del Puerto, entre las calles Juchitán y Tehuantepec― fue preguntar por lo que sucedía. Por respuesta tuvo un “estamos protestando”. Ante el asombro provocado por la contestación, cuestionó: “¿pero yo que les hice?”. Luego pensó que tal vez olvidaba alguna vieja deuda por la que ahora le reclamaban, y agregó: “Está bien; en caso de que les deba dinero, díganme cuánto para que hagamos cuentas”. Los señores se echaron a reír.

“Usted no nos debe nada. Es más, ni lo conocemos”. El ceño comenzó a fruncírsele a don Ernesto. Y entonces, amablemente dijo: “Ya que no tenemos cuentas pendientes qué arreglar, denme permiso para que abra el portón de mi domicilio y saque mi carrito de esquites”. Los cinco individuos que obstruían su portón respondieron altaneramente: “Si gusta, pase por el pasillo, pero no dejaremos que saque nada que obligue a que retiremos nuestros objetos. De ese portón no saldrá ningún coche, mueble o carrito de elotes”.

La molestia del dueño de la casa no se hizo esperar, y de nuevo habló: “Oigan señores; si no tienen alguna queja contra mí, si no les debo un centavo ni les hice nada malo, ¿por qué no dejan que haga uso de mi espacio para abrir el portón de la casa y pasar con mis cosas? No entiendo lo que pretenden”. Los manifestantes replicaron: “Estamos exigiendo que el gobierno atienda nuestro pliego petitorio”. Y don Ernesto, todavía paciente, replicó: “Muy bien; creo que es justo que todo gobierno vele por los intereses de sus ciudadanos, pero, hay un pequeño detalle: ¡yo no soy funcionario público!, ni tengo nada que ver con el gobierno”. Entonces, el líder de los cinco plantados habló un tanto enojado: “Sabemos que usted no trabaja ahí ni tiene algo que ver, pero su casa está bloqueada como medida de presión hacia las autoridades”.

Ante la cerrazón de los cinco inconformes, don Ernesto se marchó como pudo. Buscó una patrulla y pidió a los policías que por favor lo ayudaran a liberar su entrada. Los uniformados dijeron que nada podían hacer. Pasaron las horas y luego los días. Después de una semana, al notar todavía la presencia de quienes le impedían pasar con su carrito de esquites, les preguntó “¿Cuándo liberarán mi entrada?”. “Hasta que el gobierno solucione nuestras demandas o dé una respuesta satisfactoria”, le contestaron. 

Pero un día gris, el gobernante en turno negoció con uno de estos personajes y quedaron todos felices y contentos. Aunque no obtuvieron exactamente lo que pedían, sí les tocó ‘algo’, especialmente a quienes se reunieron con el mandatario. Fue cuando los manifestantes le dijeron a don Ernesto: “Nos vamos, y recuerde que no tenemos nada contra usted sino contra el gobierno”.

Pasaron los meses, y otra mañana alegre, en que el sol anunciaba un día propicio, amaneció la casa completamente rodeada, que hasta sitiada parecía. El diálogo entre don Ernesto y los inconformes fue el mismo; la causa igual. Eran nuevos manifestantes que exigían otras demandas, y que utilizaban al dueño de la casa como rehén para que el gobierno los atendiera…

Y un día don Ernesto se cansó de estar a merced de los manifestantes que de cuando en cuando lo utilizaban y decidió decir ¡basta! Declaró a los cuatro vientos que deseaba que le respetaran su derecho a salir de su casa con su carrito de esquites; exigió que ya no se manifestaran tapando su casa ni cerrando su portón, e invitó a que se usaran decenas de otras formas para resolver los problemas entre el gobierno y los manifestantes. Entonces los antiguos plantados, esos cinco que le obstruyeron por vez primera la salida de su hogar, comenzaron a decir: “Don Ernesto es un intolerante, es un fascista que criminaliza la protesta”. 

Pobre don Ernesto; después de haber padecido tantos males durante mucho tiempo, todavía tuvo que soportar esos calificativos. Esta historia tan absurda que vivió don Ernesto, la sufrimos desde hace muchos años todos los istmeños y quien sabe cuánta gente de otros lugares. Triste, pero cierto.

Algunas aclaraciones sobre el Alfabeto Popular del Idioma Zapoteco

Gubidxa Guerrero 

[Texto publicado en Enfoque Diario, el sábado 15/Feb/2014]

Actualmente la inmensa mayoría de las personas que habitan este país saben leer y escribir. La región del Istmo de Tehuantepec no es la excepción. Sin embargo, el idioma en que podemos leer y registrar, sin mayor problema, nuestras palabras es el castellano. En cambio, la mayoría de las personas de México que hablan y/o entienden alguna lengua originaria no pueden leer ni escribir en ella.

Pensamos que con utilizar las vocales y consonantes tenemos el asunto dominado, lo que no es del todo cierto, pues cada idioma del mundo tiene sonidos particulares que no pueden registrarse de la misma manera porque se prestaría a confusiones. Así, por ejemplo, el idioma inglés lo pronunciamos de acuerdo a sus propias convenciones, y el alemán o el francés, aunque utilicen los mismos caracteres en su escritura. Si un estadounidense aprendiera el idioma español pero no aprendiera el uso correcto de su alfabeto, lo escribiría mal y no podríamos entenderle. Lo haría de acuerdo a la pronunciación de su lengua madre.

Lo mismo sucede con el idioma zapoteco. En nuestra lengua existen sonidos que no podemos registrar con el alfabeto castellano. Por eso en 1956 se celebró una Mesa Redonda para fijar uno, para establecer una convención que nos permitiera a los zapotecas del Istmo escribirlo, leerlo y por tanto, comunicarnos vía escrita.

El Alfabeto Popular del Zapoteco del Istmo cuenta con 28 grafías (A - B - C - CH - D - DX - E - F - G - H - I - J - L - M - N - Ñ - O - P - Q - R - RR - S - T - U - X - XH - Y - Z ) y tres tipos de vocales (‘Sencillas’: A - E - I - O – U, para escribir, por ejemplo, TAPA: cuatro; BERE: gallina. ‘Cortadas’: A’ - E’ - I’ - O’ - U’, para escribir CHA’CA: pájaro carpintero; BE’TE’: zorrillo. Y vocales ‘Quebradas’: AA - EE - II - OO – UU, que se usa cuando escribimos NAA: yo; LII: tú, usted). Nótese que tenemos varios sonidos propios que no existen o no se distinguen en el alfabeto castellano; por ejemplo la DX (para escribir GUIDXI: pueblo; LIDXI: casa; GUBIDXA: sol); la X (con sonido suave para escribir XUNAXI: diosa, virgen; XU: terremoto; XUBA’: maíz); la XH (con sonido fuerte para escribir XHONO: ocho; XHEELA’: esposo, esposa; XHABA: su ropa); la S (con sonido más marcado para escribir SAA: música, fiesta; SICARÚ: bonito, hermoso) y la Z (con pronunciación suave para escribir ZA: nube; ZEE: elote). En cambio no tenemos la LL, la K, la V y la W. Las demás letras se pronuncian y utilizan como en el español.

Una persona puede reconocer a un analfabeto en nuestra lengua cuando utiliza alguna de las grafías que no existen en nuestro idioma como la SH, para escribir Shunashi, por citar un ejemplo. Esto es consecuencia de que el sistema educativo oficial se enfoca en que aprendamos a leer y escribir sólo el español, relegando al idioma de nuestro grupo étnico a un segundo plano. De hecho, en la actualidad, el número de hablantes va disminuyendo de forma alarmante, lo que debería obligar a establecer políticas públicas radicales para su conservación y divulgación.

Por lo pronto, sea este pequeño texto un incentivo para comenzar a escribir en nuestra lengua. Va dirigido a aquéllos que ya dominan el idioma zapoteco. Próximamente dedicaré un texto para que los no-hablantes sepan cómo se pronuncian ciertas palabras. 

Epístolas de viejos amigos


Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el viernes 14Feb/2014]

En estos días el ex presidente de México Carlos Salinas de Gortari ha sido noticia, luego de conceder una larga entrevista al diario de circulación nacional El Universal, en la que, entre otras cosas, señala que su gobierno “reformista” corrió el riesgo de ser descarrilado por los opositores.

Comparándose con el actual titular del Ejecutivo, Salinas repartió imputaciones entre quienes, según él, jamás estuvieron de acuerdo con sus transformaciones.

De inmediato saltó uno de los aludidos, Manuel Camacho Solís, quien ni tardo ni perezoso le recordó al ex presidente ciertas omisiones, como la profunda corrupción en su administración, así como los errores que devinieron en la grave crisis económica de 1995.
El Universal dio amplia cobertura a Camacho Solís, por lo que Salinas de Gortari escribió una epístola dirigida a su ex colaborador, recordándole ―faltaba más― que de poco servía señalarle sus olvidos, a veinte años de los hechos, si cuando fue miembro de su equipo de gobierno se quedó callado y, más bien, pareció muy complacido.

Este altercado nos recuerda un hecho innegable en la política mexicana: la mayoría de sus protagonistas son o fueron priístas.

Como si de una disputa interna se tratara, pelean entre sí viejos aliados que defendieron similares posturas. Ya que, por citar algunos ejemplos, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo o Andrés Manuel López Obrador, todos militaron en las filas del PRI hasta antes de 1988. Es decir, votaron y apoyaron, digamos, a José López Portillo, Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría. 

Pero con respecto la nueva camada de “izquierdistas” mexicanos, resulta mucho más irónico, pues no se marcharon del PRI en los años de la gran ruptura, 1988, sino hasta mucho después. Tal es el caso de Manuel Camacho Solís, Marcelo Ebrard o Ricardo Monreal, actuales opositores férreos a las reformas estructurales. Por no hablar de Manuel Bartlett, quien hasta hace poco era el principal señalado de orquestar el “fraude electoral” que arrebató la victoria a Cárdenas para concedérsela a Salinas de Gortari.

¿A qué viene este duelo entre viejos camaradas? Cuando Salinas emite alguna declaración, algo se trae entre manos. Que un antiguo colaborador suyo conteste para agrandar el espectáculo, puede resultar preocupante.

Así las cosas en México, donde aquellos miembros de la dictadura perfecta hoy representan papeles en bandos antagónicos, mientras el actual Presidente sigue acumulando poder.  

Rolo y la reunión del Gabinete Regional de Seguridad

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el jueves 13/Feb/2014]

Hace algunas semanas dos psicosis se generaron desde la región istmeña: una, por la supuesta camioneta blanca que recorría las poblaciones secuestrando gente para extraer sus órganos; otra, por las repentinas ganas que los munícipes tuvieron por “limpiar” barrios y colonias de sus demarcaciones. 

Según los primeros renglones de Wikipedia, la psicosis “es un término genérico utilizado en psiquiatría y psicología para referirse a un estado mental descrito como una escisión o pérdida de contacto con la realidad”. La famosa camioneta blanca era sólo una fantasía, y el interés por la pulcritud de nuestros pueblos, desgraciadamente, también. (En los próximos meses veremos la paulatina y típica indiferencia por el tema, de parte de nuestros flamantes alcaldes).

A propósito de los temas mencionados ―limpieza e inseguridad― deseo citar dos claros ejemplos de la ligereza con que parecen estarse abordando en Juchitán. El primero nos lo brinda un joven estudiante de secundaria, que el 7 de febrero publicó en su cuenta de Facebook: “Hace cinco días vi por primera vez a un perro muerto frente a Burger King (en la entrada a Juchitán). Hoy se encuentra en avanzado estado de putrefacción en el mismo lugar. Las autoridades dicen que quieren cambiar a nuestro pueblo, pero ni a un animal levantan. Los de Turismo o alguna autoridad deberían tomar cartas en el asunto, pues también daña la imagen de la ciudad”.

Ayer 12 de febrero, el mismo joven publicó: “Es importante mencionar el asunto de Rolo (el perro muerto que está frente a Burger King, al que ya puse nombre). Ya se me volvió costumbre saludarlo mentalmente desde hace diez días, que vi por primera vez su desfallecido cuerpo. Desde esa fecha he podido observar cómo los gusanos y otros procesos de descomposición se han dado en él. Tumbado en la carretera y emanando sustancias repulsivas da la bienvenida a todos los visitantes que pasan por Juchitán. Ah, Juchitán, ¡ciudad de las flores!”.

En cuanto el tema de la inseguridad, el triste ejemplo lo da el contexto mismo de la reunión regional, realizada en un espacio inadecuado para ello, violentando el derecho de los deportistas juchitecos a un espacio digno. ¿Por qué digo lo anterior? Porque más allá de los discursos para aclarar lo de la camioneta blanca (que dicho sea de paso, vienen mucho después de los dos intentos de linchamiento en Tehuantepec y Huilotepec, respectivamente), los integrantes del llamado Gabinete Regional de Seguridad ―cuyo Secretario Técnico es el anfitrión Saúl Vicente Vázquez― se congregaron sobre la duela del gimnasio municipal en la Unidad Deportiva Binnizá.

Como si no existieran otros lugares para efectuar la importante reunión, los organizadores colocaron mesas de metal y sillas de madera (del tipo que es usada en las pachangas típicas) precisamente sobre la costosa duela que los deportistas locales cuidan con ahínco, destinándolo exclusivamente para justas deportivas.

No es que uno vea mal que se trabaje en pro de la limpieza y la seguridad pública en nuestra región; sino que, para hacerlo, no se tenga el mínimo cuidado.

¿Por qué unos sí y otros no?

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el martes 11/Feb/2014, así como en el diario NOTICIAS, Voz e Imagen de Oaxaca]

Este fin de semana ingresaron los comunitarios a la ciudad emblemática del cártel de los Templarios: Apatzingán, cuna de la Constitución de 1814, impulsada por José María Morelos y Pavón.

Junto con la noticia se difundieron imágenes y cifras de las primeras detenciones de las autodefensas, como también se llaman a los cuerpos de Policía Comunitaria de Tierra Caliente, Michoacán. De inmediato la gente en el país realizó una sencilla lectura: en pocas horas los comunitarios detuvieron a un centenar de personas, supuestamente pertenecientes al crimen organizado, mientras que en varias semanas el Ejército Mexicano y la Policía Federal apenas lograron capturar a unos cuantos delincuentes.

¿Por qué un puñado de civiles armados consigue efectuar detenciones, aseguramiento de casas y cateos, mientras la fuerza pública no lo logra? Por una  sencilla razón: porque éstos últimos están restringidos.

Por muchas décadas la sociedad mexicana pidió que las fuerzas del orden se ciñeran a protocolos avalados por la comunidad internacional con el fin de salvaguardar los derechos civiles. La intención era proteger al ciudadano común de las arbitrariedades que se cometían masivamente en contra de la población.

¿Recuerdan a los famosos “judiciales”? La ciudadanía los veía con un temor genuino por la violencia con que efectuaban las detenciones. Tenían vía libre para apresar a quien quisieran, sin orden de aprehensión ni motivo aparente. Era natural que se ganaran el repudio mayoritario.

Después de la llamada guerra sucia, durante la década de los setentas, en que se escucharon acusaciones de abusos por parte de los elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), hubo un cambio en el entrenamiento que recibían los soldados. Los militares mexicanos fueron capacitados en el respeto a los derechos humanos, lo que hizo que su accionar fuera cada vez más restringido, en aras de no violentar las garantías constitucionales (lo que no impide que existan casos aislados que siguen avergonzando a las fuerzas armadas).

Cuando los Templarios “se pasean” frente a los cuerpos de seguridad en Apatzingán, éstos no pueden proceder sin una orden de aprehensión. Ello hace que los pobladores que sufren cotidianamente extorsiones y violencia, se decepcionen grandemente. Y para agravar la situación, tampoco se sienten con la confianza de denunciar, pues el sistema judicial no goza de mucha credibilidad que digamos.

Hay un círculo vicioso en las instituciones encargadas de proteger a los habitantes del país: casi no existen denuncias y, por tanto, los soldados o policías federales no tienen manera de proceder legalmente. En cambio los comunitarios tienen ―al igual que cualquier persona armada fuera de la ley― la posibilidad de detener personas, catear y asegurar casas por la mera sospecha de que se está vinculado con los adversarios. Lo anterior suele resultar efectivo, pero no es apegado a derecho. 

Mientras la sociedad siga viendo que la mayoría de los detenidos son “culpables” legitimará el actuar de las autodefensas, pero, ¿quién nos asegura que los comunitarios de hoy no serán el cártel del mañana? Por ello, en esta situación, la federación está actuando con pinzas. Veinte mil fusiles pueden servir para muchas cosas: desde luchar contra un grupo criminal, hasta comenzar una revolución social…

El bochorno

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el lunes 10/Feb/2014]

En éste y otros medios informativos se anunció con tiempo: lo que se pretendía hacer en Salina Cruz era, además de inmoral, ilegal. Por muchos acuerdos políticos que se hubiesen pactado antes, durante y después de las elecciones municipales, éstos no debían pasar la línea elemental que marcan las normas en la materia.

Sin embargo, las autoridades porteñas se empeñaron en simular lo que era imposible a la vista de los magistrados, y quisieron, pese a todo, ratificar a una veintena de concejales. La situación tuvo que aclararse, por lo que la verdad salió a relucir.

Lo que sucedió en Salina Cruz es incorrecto desde cualquier punto de vista. Primero, porque el Partido Revolucionario Institucional (PRI) arrebató en los tribunales una victoria que pertenecía a otro grupo político, que, dicho sea de paso, ganó legítimamente en las urnas; segundo, porque no conforme con lo anterior quisieron abultar la nómina municipal obsequiando regidurías a diestra y siniestra. Lo paradójico fue que quien obtuvo el favor ciudadano, Mariano Vicente, ni siquiera es concejal.

Uno de los puertos más importantes del Pacífico mexicano está pasando por un momento bochornoso. A la vista de todo el Estado de Oaxaca se han evidenciado las consecuencias nocivas de los pactos políticos, que en lugar de contribuir a darle gobernabilidad a esta ciudad, están sirviendo como agencia de colocaciones.

Pero todavía hay esperanza. Estamos a tiempo de que los actores políticos hagan lo necesario para brindar certeza a la ciudadanía. Por ética y por reglamento, toda persona que no deba ostentar un cargo, debe encontrarse fuera del listado de regidurías.

De no hacerlo, el PRI y Rosa Nidia Villalobos estarán mandando un mensaje equivocado a las instituciones y a los habitantes del puerto. Y en ese caso, se mostrará en su crudeza que el discurso de “legalidad” con que arrebataron el triunfo a un modesto médico, era sólo ficción.

Quien “ganó” amparado en tribunales debe respetar las normas más sencillas en lo concerniente a la integración del cabildo. Así de simple. 

Las casas y el bilopayoo

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el domingo 9/Feb/2014]

Los zapotecas poseemos una magnífica cultura. Nuestra gastronomía, la música, nuestras danzas, el  idioma y demás elementos característicos dan fe de ello. Uno de los aspectos en que nuestros antepasados sobresalieron grandemente fue la arquitectura.

Hace tres mil años ingeniosos arquitectos idearon los primeros edificios públicos de nuestra estirpe y construyeron la primera de nuestras ciudades en el Valle de Oaxaca, en lo que hoy conocemos como San José Mogote. Un milenio después, mientras Jesucristo predicaba el Evangelio en Tierra Santa, los binnigula’sa’ nivelaron una montaña y levantaron la ciudad que sigue asombrando a propios y extraños: Monte Albán (Dani beedxe’-Cerro del jaguar).

Existió un estilo arquitectónico autóctono, del que tenemos majestuoso ejemplo en el Istmo de Tehuantepec: Guiengola, una ciudadela a más de 400 metros sobre el nivel del mar, con tumbas, juego de pelota, templos y palacios, desde donde se mira la planicie costera. 

Cuentan que así como en la actualidad se cursan carreras universitarias, anteriormente también se estudiaba, ya que los cálculos que un antiguo arquitecto tenía que realizar eran muchos, pues construir no sólo implicaba medidas de largo, ancho, altura o proporciones; también involucraba cómputos astronómicos, por lo que debía saberse del movimiento preciso de las estrellas y de otros asuntos hoy no tan conocidos. 

Si en este tiempo alguien pretende erigir una casa, basta con que se reúnan los materiales precisos y  se consideren ciertos factores, como el viento, la calidad del suelo, o las inundaciones que periódicamente nos afectan. Pero hace cientos de años, los sabios zapotecas daban mayor importancia  al momento en que se construía la edificación y a principios celestes. Un templo, por ejemplo, debía estar armoniosamente relacionado con las constelaciones… 

Lo anterior puede ratificarlo cualquier investigador. Pero lo siguiente pueden entenderlo principalmente los niños, pues ellos tienen la mentalidad más abierta, no sujeta a la severidad propia de los adultos:

Después de levantada una edificación ―aquí viene lo increíble― se asignaba a ésta un guardián. Dicho guardián era un guenda o nahual. Los arquitectos zaes de la antigüedad tenían la facultad de adoptar la forma de un ser para cuidar sus construcciones. Por ello, en cada edificio de mampostería se lograban ver algunas salamanquesas, conocidas como bilopayoo, o gupayoo. Éstos tenían la función de recorrer palmo a palmo las paredes para observar y corregir algún desperfecto. Durante los terremotos se dedicaban a revisar las cuarteaduras y a repararlas, por lo que no se les veía por días enteros. 

Era durante el sueño, que un conocedor del arte de la construcción adoptaba la personalidad del bilopayoo. Y en una sola noche podía habitar el cuerpo de cuatro o cinco de estos animalitos. 

Todavía se miran estos pequeños reptiles. En muchos hogares zapotecas se escabullen por los muros, tentando y examinando cada escollo del inmueble. Por tanto, si su hogar está habitado por algún un bilopayoo, no le haga daño, que tal vez sea el alma de un antiguo arquitecto zapoteca, o el guenda de un albañil o constructor de nuestro tiempo…

Guerra paralela

Gubidxa Guerrero 

[Texto publicado en Enfoque Diario, el lunes 3/Feb/2014]

Felipe Calderón Hinojosa, Presidente de México durante el sexenio 2006-2012, se empeñó en utilizar un lenguaje bélico para, según sus asesores, aglutinar al pueblo mexicano en derredor suyo. Y es que los ingenuos hacían una lectura simplista de la doctrina del ‘enemigo común’, según la cual, ante una amenaza existencial la ciudadanía se une en torno a sus dirigentes.

Así sucedió en Cuba, durante la invasión en Playa Girón por mercenarios armados y entrenados por la CIA; así pasó en la extinta URSS, durante la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial. Pero lo que se ha dado de manera natural ante riesgos realmente existenciales, también ha podido provocarse de manera maquiavélica, como en aquellos países primermundistas que ven peligro en los elementos disidentes como los comunistas o los indocumentados. Así sucedió en la Alemania de Adolf Hitler, que ante el “enemigo de la humanidad” agazapado en su territorio ―los judíos― azuzaba a su pueblo a “defenderse” del chacal semita. No fue otra la doctrina de George Bush, cuando aprovechó malvadamente los atentados del 11 de septiembre para emprender guerras imperialistas completamente inmorales contra Afganistán e Irak.

A Felipe Calderón no le dio resultado la estrategia porque, a diferencia del terrorismo, el narcotráfico no suscita una respuesta maniquea. Para millones de mexicanos los narcos no son necesariamente ‘malos’. De hecho hay grandes regiones del país donde se ha aprendido a mirar a algunos capos como grandes benefactores que hacen el trabajo que el gobierno debería realizar. 

Cuando Calderón pidió a los mexicanos unirse en la ‘guerra contra el narco’ muy pocos se animaron; tanto por la ilegitimidad del gobernante, como por la red de complicidad tejida durante generaciones, que harían dudar a cualquier persona sensata. El resultado de la aventura calderonista arrojó cien mil muertos, y el problema no sólo no disminuyó sino que aumentó. 

Con Enrique Peña Nieto han sido las cosas un tanto al revés. Sus asesores le recomendaron una estrategia que procurara tocar lo menos posible el tema de la violencia. La palabra ‘guerra’ quedó excluida del vocabulario oficial, como si la realidad fuera a cambiar dejándose de mencionar.

Y he aquí la paradoja: mientras el gobierno priísta habla de “conflictos” o de “problemas”, el entorno con su crudeza nos muestra lo que verdaderamente acontece: una guerra en Michoacán.

Hay más de 40 mil personas fuertemente armadas combatiendo entre sí. Hay tomas de poblados y aseguramiento de casas de seguridad. Hay verdaderas batallas campales en distintos lugares del territorio michoacano y hay una participación social importante en uno u otro bando. Por si fuera poco, hay dos gobiernos paralelos al de las instituciones oficiales: el de los Caballeros Templarios y el de las autodefensas. 

Basta citar como ejemplo el cobro de “impuestos”. Tal parece que recaudan más los Templarios y las autodefensas que el gobierno michoacano. Y los casos se presentan tanto en las familias humildes como en las grandes empresas. Así vemos que los grandes consorcios mineros, entre los que sobresalen chinos y canadienses, estuvieron pagando un “impuesto” a los Templarios por cada tonelada de mineral extraído, especialmente hierro. 

Cuando los comunitarios expulsaron a los miembros del crimen organizado, las mineras no dejaron de pagar. Únicamente cambiaron de destinatario. Ahora algunos grupos de autodefensa reciben el “impuesto” que anteriormente se pagaba a sus contrincantes, según esto con el ánimo de financiar la guerra que se está librando (recordemos que durante la Revolución Cubana, Raúl Castro introdujo un “impuesto de guerra” a los ricos empresarios del oriente isleño). 

Ejércitos bien armados, pueblos ‘tomados’, cobro de impuestos, ¿qué más se necesita para reconocer que en Michoacán priva un estado de excepción? Los Poderes de la Unión harían bien en desconocer al gobierno del Estado, del que solamente queda el cascarón.

El satélite

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el domingo 2/Feb/2014] 

Se encontró Ta Cándido Martínez, sobrino de Ta Manuel Mistu, a un joven universitario. De México había venido el muchacho, a quien se dirigían como El Estudiante. Esto sucedió hace como treinta años.

Estaba atardeciendo en El Espinal, mientras caminaban por las orillas del pueblo. Entonces Ta Cándido miró al cielo y entrecerró los ojos. Se detuvo unos instantes. En ese momento ‘El Estudiante’ preguntó qué le pasaba. Ta Cándido, dijo sin dudar: “Acabo de ver una estrella fugaz y le pedí un deseo”. El instruido muchacho comentó: “¿Se refiere a aquél punto brillante en el cielo?”; a lo que Ta Cándido respondió sin dudar: “Sí, a ése mero”. Una sonora carcajada salió de ‘El Estudiante’ mientras le explicaba a su adulto compañero que no era una estrella fugaz lo que había visto, sino un satélite.

“Mire señor ―le dijo―; en estos tiempos el ser humano ha conseguido llegar al espacio. Y no sólo eso, sino que ha podido colocar artefactos que giran alrededor de la Tierra. Éstos sirven para muchos fines, entre ellos distribuir información o conectar un lugar del mundo con otro en instantes. Son llamados satélites”.

“Ya lo sabía ―respondió Ta Cándido― sin perturbarse. Lo que tú llamas así, era conocido por mi tío Ta Manuel Mistu, como Pascorina y a eso es que le pedí el deseo. Pero como tú no sabes de esas cosas, tuve que decirte que vi una estrella fugaz, para que no te sintieras. Decía mi tío que antes del Diluvio el mundo era parecido a lo que es ahora. Había carros, edificios, aviones y las demás cosas que vemos en la televisión. Hasta en la luna vivían las personas, donde tenían sus casas y se iban cuando se aburrían de andar en este mundo. Contaba que la gente era observada por las Pascorinas. Bastaba que uno mirara al cielo para que esos fierros lo vieran a uno y escucharan su petición. De este modo un señor podía pedirle a la Pascorina que lloviera o que lo sacara de algún problema. La máquina hacía cuentas, y si lograba acomodar las cosas en sus complejas operaciones matemáticas, entonces solito se arreglaba todo y la solución llegaba. Todos se acostumbraron a pedir deseos a las Pascorinas ―a las que tú llamas satélites―, y así hasta que sucedió lo del Diluvio… Cuando la Tierra se inundó, las ciudades se destruyeron y todo lo que el hombre había construido en miles de años se acabó. Las nuevas generaciones nada sabían de lo que habían inventado sus antepasados y volvieron a empezar de nuevo. Sólo unos cuantos guardaron en la memoria el mundo que antes tuvieron, y así es como lo fueron contando a sus descendientes, entre ellos mi tío, que me lo contó a mí. Por eso es que cuando veo un satélite ―que como te he dicho, se llaman Pascorinas― le pido un deseo. Y como la gente ignorante no sabe lo que hago, les cuento que tan solo miré una estrella fugaz”.

De inmediato El Estudiante supo que acababa de escuchar una ingeniosa historia salida de la imaginación de su amigo, y se echó a reír. “Ay, Ta Cándido. Olvidé que usted es uno de los más grandes contadores de mentiras de nuestra región. Y yo que me quise lucir.” Así fue como en El Espinal un señor salió de una embarazosa situación frente a un joven universitario…