Abraham, el Padre de las Naciones y la herencia compartida de judíos, cristianos y musulmanes


Por Gubidxa Guerrero Luis

Pocas figuras son capaces de unir tres grandes tradiciones monoteístas. Abraham es una de esas excepciones. Para judíos, cristianos y musulmanes, él no es solo un personaje bíblico o coránico: es un padre, un punto de partida, una raíz común. Y precisamente ahí, en esa misma raíz, se entrelazan la promesa y el conflicto, la herencia y la pregunta por la convivencia.

En el Viejo Testamento, Abraham recibe la promesa de una descendencia numerosa y de una tierra que se extiende “desde el río de Egipto hasta el río Éufrates”. El lenguaje es universal: “a tu descendencia”, “padre de muchas naciones”. Sin embargo, la narrativa se orienta progresivamente hacia Isaac, concentrando la herencia de la alianza en esa línea. Ismael, el primogénito, parece fuera de esa herencia pactada, pero no de la bendición divina: el texto lo presenta como hijo rodeado de promesas y llamado a ser “padre de naciones”, aunque su lugar en la alianza territorial se re‑canalice. La legitimidad de la madre —la sierva Agar—, más que la primogenitura, se convierte en criterio decisivo para delimitar quién será portador de la tierra y quién no.

En el Corán, Abraham aparece como el “amigo de Dios” y el prototipo del monoteísmo. La figura de Ismael es reverenciada como el primogénito obediente, co‑fundador de la Kaaba, en la Meca, y antepasado de los árabes, en una línea de bendición reconocida. La herencia se entiende principalmente como una extensión de la gracia divina a diversas naciones que se reconocen en la unicidad de Dios

El cristianismo, a su vez, retoma la figura de Abraham desde una lectura universalista: si la promesa es de fe y no solo de sangre, entonces todos los que creen pueden ser “hijos de Abraham”, más allá de la pertenencia étnica (árabe o hebrea). 

Miradas desde esta perspectiva, las tres tradiciones se entrelazan en una idea fundamental: la promesa hecha a Abraham no se agota en una sola línea genealógica ni en una sola rama confesional. La promesa es de “muchas naciones” y la descendencia se extiende en muchas direcciones. Judíos, cristianos y musulmanes son tres pueblos que se reconocen como hijos de la misma promesa, en lugar de comunidades religiosas que compiten por la herencia. 

Entre Egipto y el Éufrates, y mucho más allá, se entrelazan caminos, culturas y conflictos que podrían leerse de otra manera, como una prolongación de esa misma descendencia. La tierra prometida entendida como un espacio de responsabilidad compartida, de justicia recíproca y de convivencia entre quienes reconocen una misma raíz monoteísta, en lugar de mirarla como territorio exclusivo de una sola rama que despoje de la herencia a las demás.

Esa lectura, equilibrada entre judaísmo e islam y que incorpora al cristianismo, abre una posibilidad distinta: la de entender la herencia abrahámica como llamado a la reconciliación en lugar de fundamento de exclusión. Si Abraham es el padre de las naciones, entonces la verdadera fidelidad a la promesa no consiste en el dominio absoluto de un solo linaje, sino en la capacidad de compartir el legado, honrar la memoria y convivir en la tierra que nace de su misma herencia.

En ese sentido, la promesa de Abraham no se cierra en un solo pueblo o una sola religión; se abre a todas las naciones que se reconocen como hijos de un monoteísmo compartido: judíos, cristianos y musulmanes, viniendo de la misma raíz y llamados, hoy, a construir una herencia de justicia compartida.


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Texto publicado el miércoles 29 de abril de 2026 en Cortamortaja y Tinta Brava. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlaces: https://www.facebook.com/share/p/1W9LY5rELw/https://www.facebook.com/share/p/1CqygZx35D/