La música zapoteca del Istmo: un proceso continuo

Músicos ciegos en Juchitán. Ilustración de Miguel Covarruvias
Gubidxa Guerrero

[Texto publicado, en dos partes, en Enfoque Diario el sábado 04 y domingo 05/Oct/2013]

Hace algunos meses publiqué un artículo sobre La Sandunga, pieza representativa de los zapotecas istmeños. Por lo anterior recibí varios comentarios (a mi correo electrónico: gubidxa7@hotmail.com) preguntando por aspectos particulares de nuestra música. Todas las preguntas podrían resumirse en una sola: ¿cuál es el origen de la música zapoteca?

Antes que todo, debo aclarar que soy etnohistoriador, no etnomusicólogo. Es a estos últimos a quienes corresponde el estudio de los géneros musicales, influencias, orígenes, etcétera. Desconozco si existe algún estudio especializado sobre la música tradicional binnizá, aunque sí contamos con algunos intentos empíricos.

Lo que desarrollaré a continuación es producto de mi conocimiento histórico, más la suma de mis deducciones al respecto; esto con el afán de dar respuesta a las personas que amablemente comentaron el texto referido. Insisto: falta un estudio profundo sobre ese aspecto particular de nuestra cultura (la música). 

Los instrumentos más “tradicionales” en el Istmo, todos los conocen: la flauta de carrizo, el tambor de un solo tronco, y el caparazón de tortuga. Este conjunto instrumental es la base de toda la diversidad sonora actual. Se sabe que a principios del siglo diecinueve no existían en la región grandes bandas de viento, sino más bien pequeños conjuntos de música. El Pitu nisiaba como le llaman en Juchitán, o Muní, como lo conocen en Ixtaltepec, acompañaba los rituales familiares y religiosos, como todavía puede atestiguarse. El repertorio musical era amplio: danzas como Saa Beedxe (son del jaguar), Bere lele (alcaraván), Saa telayú (música del amanecer) se ejecutaban con estos instrumentos. 

A la par de las grandes rebeliones zapotecas de mediados del siglo diecinueve, presenciamos el arribo de contingentes armados de la Guardia Nacional. Estos cuerpos de ejército contaban con bandas militares. Y desde que los paisanos se fueron familiarizando con la terminología y organización marcial, comenzaron a aprender la ejecución de varios instrumentos de viento. Por ello no es extraño que los primeros músicos zapotecas del Istmo fueran a su vez militares. 

Obviamente tuvieron que aprender a entonar piezas castrenses y música de moda en la época. No obstante, como es común entre los istmeños, probablemente intentaron adaptar su patrimonio musical a los nuevos instrumentos; y retomaron piezas del repertorio europeo para ejecución local. Fue así como varias piezas tradicionales de flauta y tambor se trasladaron a las bandas de viento, como el Son del Pescado o el Son de los Cocos, obras del genial músico samblaseño Atilano Morales. Posteriormente, algunos paisanos más osados comenzaron a componer música propia. Fue como nacieron sones famosos como La Migueleña, La SanjuaneraLa Tonalteca, La Juchiteca, La Paulina; todas ellas, obras del siglo diecinueve compuestas en su mayor parte por músicos zapotecas con relación a la milicia (como Cosme Damián Gómez; famoso militar juchiteco, que también fue un gran compositor. Sin dejar de mencionar a Atilano Morales que también escribió marchas fúnebres.). La mayoría de los sones tradicionales, si bien nacían del alma de algún músico, después eran enriquecidos por artistas de diferentes pueblos. Por ello, hoy ignoramos a los autores originales de muchísimas piezas, aunque a veces podemos identificar la población de la que son originarios ciertos temas.

Después, la marimba llegó a la región, instrumento muy popular en Chiapas y Centroamérica, con el que se complementaron muchas bandas regionales. Hasta hace cien años la música de los zapotecas era básicamente instrumental. Existían pequeños versos cantados en didxazá, pero asociados más al ámbito ritual (como el llamado Cutinti, o Capúm puyú). Pero en el siglo veinte empieza a vivirse un proceso peculiar: algunos personajes comienzan a escribir letras para acompañar a los sones tradicionales. Eustaquio Jiménez Girón (Taquiu Nigui), es uno de los impulsores, pero hay muchos otros, como Carlos Iribarren Sierra, Juan Jiménez (Xtubi), Antonio Santos Cisneros. En la mayoría de las ocasiones, las letras coincidían con el título de la música, pero en otros casos los compositores retomaron sólo la música, cambiándole el título, tal como sucede con La Juchiteca, son al que Jesús Henestrosa (Chu Yodo) le puso una letra que difundió como Zo’pe’ huelu. Igual aconteció con La Micaela, son originario de Tehuantepec, sobre el que Andrés Henestrosa escribió los versos de La Martiniana. Hay casos en que se han hecho dos o más versiones, como con el son La Sanjuanera, sobre el que se escribió Laureana y la Vela San Juan; o Gueta biade sidi, sobre el que se escribió Fan Bidxaa, Paisanita y La Ixhuateca (versión de Andrés Henestrosa, porque existe una pieza del mismo nombre y diferente música, compuesta por Gonzalo Pineda de la Cruz).

Los versos de amor del siglo veinte están ligados al trabajo musical que hicieron los excelentes artistas del siglo diecinueve. Y si bien, al principio se valieron de la música tradicional; posteriormente esos mismos compositores comenzaron a intentar escribir letras con música original. El mismo Eustaquio Jiménez Girón es un gran ejemplo, quien a pesar de que escribió letras para viejos sones, se animó a escribir sus propios temas con música propia, como en el caso de Badudxaapa huiini sicarú, Pesadumbre, Tu nuzabi zaguixe, Cayuuna cayate pur lii, entre otras. Y siguiendo el ejemplo de Ta Taquiu Nigui surgieron otros compositores que ya no se basaron en viejos sones, y cuya producción musical es mayoritariamente original, como es el caso de Jesús Rasgado, César López, Hebert Rasgado, Luis Martínez Hinojosa, Ángel Toledo, Gustavo López entre muchos otros.

Actualmente se vive un fenómeno conocido como la nueva trova zapoteca, donde artistas con referencias de la música binnizá, siguen enriqueciendo su quehacer con variadas influencias, tanto de México como del mundo, lo que otorga a la música contemporánea zapoteca un nuevo ímpetu. Pero ya no sólo hay trova; también existe rock, rap, reggae, cumbia, tango y variados géneros musicales sobre los que los paisanos escriben.

Es importante recalcar que con la aparición de nuevos artistas, no desaparecen los viejos géneros o las antiguas formas instrumentales. Por ello en las celebraciones de los diferentes pueblos, puede escucharse un conjunto de flauta y tambor acompañando un convite de flor (también llamado regada de frutas), a la par que bandas de viento ejecutan música festiva. O en un velorio pueden oírse los sones de duelo interpretados por una banda de seis músicos, mientras un trovador entona con la guitarra cantos para la ocasión. Asimismo, en las pachangas, para celebrar una boda o un cumpleaños, pueden bailarse sones tradicionales con instrumentos electroacústicos, a la vez que se baila al ritmo de alguna cumbia. 

Todo ello es parte de nuestro patrimonio cultural. Toda esa música es nuestra, en cuanto la recreamos y la mantenemos viva. Ojalá que la nueva generación valore toda la riqueza de nuestros cantos y sones. Ojalá muchos niños continúen con el aprendizaje de la marimba, del pitu nisiaba, de los instrumentos de viento, la guitarra, y nuevas herramientas que permitan comunicar el alma de nuestro pueblo.