Una historia del señor Viento

Ilustración: Gregorio Guerrero


Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el domingo 17/Feb/2013]

En tiempos nuestros las cosas parecen no tener chiste. A todo le encontramos una "explicación científica" carente de alma. Sí, de alma, porque hasta las historias deben tener su esencia para ser creídas. ¿Cómo puede una persona hacer caso a un estudioso sí sus dichos no tienen lógica cotidiana? Por mucho que alguien quiera explicar que la Mudubina es una simple flor nocturna, esta versión no superará a la razón de los pueblos, que tiene más sentido: es la contraparte femenina de su pareja Xtagabeñe, pretendiente presto con quien alterna sus sueños.   

Así también sucede con el aire. Hoy, los meteorólogos ―así de feo les dicen― aventuran hipótesis de los frentes fríos. Hasta anuncian con exactitud asombrosa las fechas en que azotará el vendaval; pero no convencen. En cambio, en la tierra mía, los hombres de campo y de mar conocen muchos secretos de la naturaleza.
   
El Viento no es una simple sopladera que viene y va, que llena de polvo las casas y enloquece a los árboles. Es la manifestación de un ser con vida y razones propias. Por eso, en el presente caso, lo escribo con mayúscula: el señor Viento. 
   
Quién sabe en qué cueva tiene su casa ese hombre, se preguntan algunos viejos. Tal vez por el rumbo de Tolistoque; quizá por Nizanda o La Mata. Pero dicen que tiene mucha formalidad, tal como la gente de antes. 
   
"Las personas de ahora ya no son serias", se quejan algunos. "Pero, ¡já!, hace tiempo sí eran de palabra". Según esta versión, el señor Viento debe cumplir cabalmente la misión que le fue encomendada por quién sabe quién: soplar fuertemente hacia las aguas de la Mar Muerta, porque ésta debe agitarse para procrear peces, que son sustento, a la vez, de nuestra estirpe. 
   
Pero un viejito me contó otra cosa, en una ocasión que lo acompañaba a la milpa: "Cabrón es el tal Viento. Un desliz es que tuvo con una dama de La Ventosa. Mientras cumplía con su labor, la enamoró haciéndola suya. Pero como no todo el año es que debe soplar, dejaba de visitarla largos periodos, por lo que ella se desesperó y lo abandonó. Antes el Viento pegaba suave, y las barcazas se mecían por sobre el agua como en una hamaca. Ahora, cuando el tiempo llega de que ella lo dejó, él se acuerda y avienta su enojo". Ni el mejor meteorólogo pudo habérmelo explicado más claramente.