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| Ilustración: Bidó Guuze' |
Para Frane, mi amigo
Por Gubidxa Guerrero Luis
Tiempo atrás; no hace mucho; un par de años quizás, llegó a tierras istmeñas, donde confluyen los caminos de chontales, huaves y zapotecas, un joven de pelo castaño y sonrisa franca.
Al preguntársele por su origen, comentó que venía de una mar parecida a nuestras playas. Adriático es como se conoce a ese brazo grande de agua; justo al otro lado de donde romanos y etruscos fundaran una civilización inolvidable. Arribita de donde los griegos y macedonios cincelaron el mármol para retratar a sus héroes, mezcla de humanos y entidades metafísicas.
De allá, pues, llegó el viajero, buscando tierras nuevas, aunque no desconocidas, pues de su pueblo había llegado endenantes una persona apellidada Gurión. Otros de apellido Toledo, Orozco y Martínez, también habían probado nuestros platillos.
"Un nombre me dieron mis padres, pero con otro me doy a conocer entre amigos. Pueden decirme Pancho", expresó francote el joven ahumado por el sol. Siete días pasó en tierras nuestras. Tiempo durante el que respiró, comió, montó y lloró hombro con hombro con la gente-nube.
Al inquirírsele por su origen, manifestó contundente; "Soy del pueblo de los Patilludos nacidos en el Mediterráneo oriental, donde adoraron al fuego, a quien dedicaban toda clase de sacrificios, principalmente ganado vacuno y caprino".
"Supuse que venías del norte", dijo el señor de la casa. Por tus rasgos, tus cabellos, tu agilidad para las acrobacias y, sobre todo, porque te pareces a las estatuas que los helenos dejaron esparcidas por toda su Magna Mar.
"¿Por qué Patilludos, Pancho?", inquirió un niño de la casa. "Porque en mi tierra, los abuelos acostumbraban --como todavía practican-- dejar crecer las patillas largas a sus hijos, fueran niños o jóvenes", respondió el huésped.
Dicen que las amistades nacen de la afinidad. Aunque también se cuenta que es la diferencia la que sella mejor el cariño. Y de ambas condiciones gozaba Pancho, el amigo. Pues aunque hubiese llegado de lejos, hasta la Mar del Sur, se le esperaba desde hacía siglos, cuando vinieron de su pueblo, esparcidos por las cuatro direcciones del universo, los primeros Patilludos.
Sorprendido, cuestionó a la vez por sus antepasados. "Aquí estuvieron", se le dijo. Y tal como él volvía en la fecha marcada, gente de su misma sangre se había quedado después de enamorarse de unas morenas hermosas.
Se le habló de sus primos y hermanos. De sus tíos y demás parientes. De su gusto por el agua de mar y el sonido de los caballos al trotar. Por su afición al canto de sirenas.
Un día fatídico, séptimo de aquella décima Luna, para ser precisos, Pancho nadaba en una playa oculta, discreta, donde se enteraron de la terrible noticia que sacudiría al mundo.
Muchas cosas pasaron durante el tiempo que Pancho estuvo en tierras istmeñas. Tantas, que no cabrían en relato alguno. Pero algo que recuerdo bien, fue la promesa que le hicieron sus anfitriones.
"Si el mundo ruge, si del cielo cayera fuego, siempre podrás volver a tu casa, que es nuestra, porque es tuya, y viceversa..." Y durante la despedida le confiaron un secreto celosamente guardado: la amistad es sagrada, como la oración o el curioso gorro que portan en sus cabezas los Patilludos.
"¿Por qué Patilludos?", insistió nuevamente el niño juguetón: "Para que cuando nuestros padres deseen demostrar su cariño, tengan de donde halar".
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Texto publicado el jueves 18 de diciembre de 2025 en Cortamortaja. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1FtvDp6gLF/
