Opinión: Un espectáculo innecesario

 "Enrique Peña Nieto cayó en 
la trampa de Felipe Calderón".


Por Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario, el lunes 03/Dic/2012]

México tiene nuevo Presidente. Desde el sábado primero de diciembre, Enrique Peña Nieto se ha convertido en el funcionario más alto de la administración pública. Entre manifestaciones de repudio y muestras de apoyo, se efectuó el relevo presidencial ante el Congreso de la Unión.
     El acto fue mucho más terso que el sexenio pasado. Baste recordar que en aquella ocasión Felipe Calderón tuvo que entrar por la puerta trasera de San Lázaro para su toma de protesta.
     Sin embargo, pese a que todos los partidos habían reconocido la victoria del candidato del PRI, y que no existía un verdadero riesgo de la transmisión de poderes, Peña Nieto se prestó a una representación telenovelesca a la media noche del viernes.
     Cual boda de personaje de la farándula, se televisó un evento en Palacio Nacional, en que Felipe Calderón transmitía el mando de las fuerzas armadas y la seguridad pública al futuro Presidente. El mexiquense, a su vez, tomó protesta a varios integrantes de su Gabinete. Todo, bajo simbolismos carentes de tradición. Todo, con el único afán de brindar una supuesta certeza a la ciudadanía. 
     Pero lo anterior era innecesario. La “explicación” que no se cansaba de dar Joaquín López-Dóriga en la pantalla de los televisores ―diciendo que en México no debía haber un vacío de poder, toda vez que el Presidente saliente concluía sus funciones el 30 de noviembre―, era simplemente una justificación; similar a la que dio Felipe Calderón cuando él, por vez primera en la historia reciente de nuestro país, procedió de tal manera. Pero lo que es la Constitución, únicamente el Congreso de la Unión (las dos Cámaras reunidas) está facultado para entregar el poder al mandatario de todos los mexicanos. Calderón y Peña Nieto usurparon funciones. Siguiendo la premisa de López-Dóriga, Peña Nieto también podría redactar leyes, imponer sanciones judiciales, y asumir las facultades plenas de los Tres Poderes de la Unión para evitar vacíos de poder.
     Ni Victoriano Huerta, verdugo de Francisco I. Madero, se atrevió a tanto. Hasta él cumplió con la formalidad que implicaba pararse ante el pleno del Congreso y juramentar en el recinto. Sólo después pudo ser reconocido como Presidente por las delegaciones extranjeras y las instituciones nacionales. 
     Enrique Peña Nieto cayó en la trampa de Felipe Calderón, quien asumió el mando de esa manera en 2006, y que con ello, legitimó ese proceder. Peña Nieto, sin embargo, estaba en mejor posición que aquél hace un sexenio. Por ello, a mi entender, cometió un gravísimo error. Las formalidades sí importan (baste decir que en Estados Unidos, Barack Obama tuvo que repetir su juramento por haber “alterado” el orden de una palabra). El tiempo dirá si valió la pena prestarse a ese espectáculo televisivo.