Historia de un niño que tomaba mucha agua de coco

Fotografía.- Rafael Pacheco Jiménez.


Por Gubidxa Guerrero

Lorenzo fue un niño travieso que vivió hace varias generaciones en Juchitán. Refieren quienes lo conocieron, que tenía ciertos dones: entendía, por ejemplo, el idioma de los zanates y de los pájaros carpinteros; sabía con anticipación cuándo ocurriría un terremoto o si sería buen año para las lluvias.
     A Lorenzo le gustaba mucho el agua de coco. Cuenta la gente que a todas horas disfrutaba de esta bebida; tanto así que le apodaban Lenchu Naga’nda, pues además acostumbraba tomarla recién salida del fruto fresco. La señora donde vivía contaba asombrada a los vecinos cómo, desde antes de aprender a caminar, a Lenchu ya le agradaba mucho esta agua.
     No tuvo padres. Ta Severiano lo trajo del campo una tarde que regresaba de cacería. Todos asumieron que era huérfano, por lo que el cazador y su compañera lo adoptaron y criaron como propio. Na Laureana, como se llamaba la esposa, contó que una vez que Lorenzo enfermó, no encontraban forma de que el chamaco comiera y se hidratara. Entonces a una vecinita se le ocurrió darle de probar el agua de coco, que el niño de inmediato degustó sonriente sin dejar de beberlo nunca más.
     A los siete años, el pequeño Lorenzo dejó de consumir agua simple, como llamaba desdeñosamente al agua natural. “Habiendo agua de coco, ¿para qué tomar otra cosa? No volveré a beber nada más, mientras existan cocos en el mundo”, afirmó categórico. A los doce conoció a una jovencita de San Blas Atempa que vendía refrescantes cocos frente a la estación de ferrocarril. Entonces supo Lenchu lo que era el amor.  Todos los días, de mañana y tarde, caminaba varias cuadras para ver a la niña y para tomarse un vaso de agua sana a su lado. 
     A los trece, una tarde de abril, Lenchu acompañó a su papá al campo, pues al día siguiente su madre tendría que preparar varias iguanas en caldo. Enorme sorpresa se llevó Ta Severiano al ver que su hijo se acercaba a los grandes terrenos de San Blas. Cuando menos se lo esperaba, Lorenzo quedó quieto, rígido, sin volver a moverse. El señor ya no sabía qué gritar para llamar al escuincle. Entonces se acercó y vio que de los pies del chamaco habían brotado pequeñas raíces; en el cuerpo comenzaban a notársele tenues franjas horizontales; su obscuro cabello empezaba a crecer desproporcionadamente. Lenchu se elevaba; y en unas cuantas horas el muchachito alcanzó una altura descomunal. Se había convertido en cocotero. Desde entonces, la palmera más grande de la región se encuentra por rumbo poniente. 
   
Un día, caminando con su hermano campesino por parajes perdidos ―luego de sufrir la ausencia de su mejor cliente―, la niña de la estación dio con un árbol que le agradó mucho. “Quiero que te subas a éste y que cortes un racimo de cocos para mí”, solicitó al varón. Después probó la dulzura rebosante del líquido transparente que le brotaba a un fruto; y así hasta que se hizo mujer adulta.
     Quién se hubiera imaginado que Lenchu Naga’nda se había gestado en un pequeño coco que cayera una noche de luna llena con la sacudida del Viento Norte. Su padre fue un joven trepador de cocoteros del que una palmera se enamoró. Con razón a Lenchu le gustaba tanto el agua de coco…