La guerra de Guiengola

Plaza de Guiengola. Fotografía.- Sara Rojas

Gubidxa Guerrero 

[Texto publicado en Enfoque Diario el domingo 31/Mar/2013]

Así como los guerreros de Cosijopi I llegaron del Valle para luchar por la dominación del Istmo de Tehuantepec y asentarse en su territorio, otro grupo en pleno poderío hizo lo propio. Los aztecas, también conocidos como mexicas o tenochcas, encabezaron la Triple Alianza, confederación de ciudades de lengua nahuatl, integrada por Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan. Desde la cuenca de México, arribaron decenas de miles de soldados, para competir por la hegemonía en la planicie costera y por el control de sus recursos naturales, así como de su situación estratégica. Esto sucedió durante el reinado del hijo de Cosijopi I, llamado Cosijoeza. 
     El detonante fue el ataque a unos comerciantes. Varios pochtecas (término de origen náhuatl utilizado para definir a los comerciantes aztecas) fueron agredidos y asesinados supuestamente por zapotecas. Si bien ese pudo ser el pretexto perfecto, lo cierto es que los hilos que mueven la historia obedecen a causas más complejas. En este caso, la Triple Alianza, era una potencia que basaba el desarrollo de su sociedad en la conquista, tal como lo deja ver el siguiente canto: “Con nuestras flechas/ con nuestros escudos/ está existiendo la ciudad/ ¡México-Tenochtitlan subsiste!”. Paulatinamente habían guerreado y sometido a diversos reinos y señoríos, desde lo que hoy es Querétaro, hasta la Mixteca y el Valle de lo que hoy es el Estado de Oaxaca. 
     La conquista y posesión de Tehuantepec se enmarcaba en una lógica sencilla de extender su poderío y de avanzar inexorablemente para el dominio del Soconusco y Guatemala. El pequeño reino de Tehuantepec estorbaba a estos propósitos y habría que someterlo. Los comerciantes que fueron ejecutados por los guerreros de Cosijoeza, muy probablemente asumieron posturas provocadoras para obligar a los zapotecas a la agresión, tal como suele suceder en casi todos los contextos donde se desea detonar un conflicto. El caso es que para finales del siglo XVI (de 1490-1500) se hizo inevitable el enfrentamiento. 
     Pocos osaban resistir el embate de los guerreros mexicas, pero nuestros abuelos eran fuertes y dignos herederos de una tradición milenaria. Cuando el último grupo migrante ―los aztecas― llegó al altiplano central, la nación zapoteca tenía más de dos mil años de haber construido su primer centro ceremonial. Al momento de la fundación de Tenochtitlan, los zapotecas teníamos más de cinco siglos de haber abandonado Dani Beedxe’(Monte Alban). Así pues; si bien los mexicas eran la nueva potencia política y militar, nuestros abuelos poseían una antigüedad y nobleza envidiables. Sin embargo, el reino de Tehuantepec era pequeño y recién fundando. Habían pasado menos de cien años desde que los guerreros comandados por Cosijopi I sometieron y repoblaron estas tierras. Existían menos de veinte asentamientos binnizá y esta era la prueba de fuego. 
     Entonces pocos creyeron que Cosijoeza lograría enfrentar óptimamente la agresión de las huestes mexicas, pero él ideó o aprobó una estrategia hábil: emplazó a miles de hombres y mujeres en una montaña conocida como Dani Guiengola (‘Montaña de la Piedra Grande’), que de por sí contaba con un pequeño centro ceremonial, cavernas y una situación estratégica envidiable, pues se erigía al lado del gran Río Tehuantepec, paso obligado de las caravanas de comerciantes, guerreros o viajeros. Reforzó el lugar con miles de edificaciones que sirvieron como trincheras, casas y centros de almacenamiento de víveres. La preparó de tal modo que soportara un cerco prolongado. 
     Cuentan los cronistas, que los tenochcas sitiaron durante seis meses al rey Cosijoeza, sin lograr someterlo por la fuerza, ni por hambre. En tres ocasiones arribaron a la planicie costera ejércitos numerosísimos que arrasaron con las poblaciones zapotecas ya deshabitadas. Y ni esto logró intimidarlo. Ante la imposibilidad de rendir a los binnizá, Auitzotl (otras fuentes consideran que Moctezuma) solicitó la paz, y entre los dos reinos se acordó el matrimonio de Cosijoeza con la princesa Quetzalcóatl (erróneamente conocida como Coyolicatzin), para sellar el pacto y un acuerdo que posibilitara el paso de los guerreros mexicas por la planicie costera del Istmo hacia el Soconusco.
     La guerra de Guiengola se convirtió en el acontecimiento que consolidó la presencia zapoteca en estas tierras. Si nuestros abuelos hubieran sido derrotados, el exterminio o la expulsión a los Valles Centrales (de donde habían llegado una generación atrás), era segura. Este conflicto bélico significó, asimismo, el aumento del prestigio de los pobladores de la llanura istmeña. El pequeño reino de Dani Guiebeedxe’ (‘Cerro de la piedra del jaguar’) o Guidxiziidi (‘Ciudad de la sal’), Tehuantepec, pasó a ser desde entonces más respetado.
     Este acontecimiento quedó asentado en la memoria colectiva de nuestra etnia, y durante siglos se siguió recordando; tanto así, que uno de los argumentos que dieron cuatro siglos después, Crisóforo Rivera Cabrera (Diputado tehuantepecano) y José F. Gómez hijo (Diputado juchiteco), ante el Congreso Constituyente de 1917 para solicitar la creación del Estado del Istmo de Tehuantepec, fue que desde tiempos prehispánicos esta región había sido celosa de su independencia. 
     Toca a nosotros saber honrar la memoria de los valientes que combatieron y vencieron en la fortaleza de Guiengola, para que sus descendientes ―los habitantes de todos los pueblos zapotecas―, continuásemos viviendo en estas tierras. Nos corresponde intentar ser dignos herederos del rey Cosijoeza y de los grandes personajes que nos han antecedido; de los hombres y mujeres de la estirpe sagrada de los binnigula’sa’.