Cuando el voto mueve al mundo: Brasil, Israel y Estados Unidos


Por Gubidxa Guerrero Luis

Quien desestima el poder blando olvida que Hollywood y la publicidad no existirían si no movieran nada. Con las elecciones ocurre lo mismo: si no importaran, nadie gastaría fortunas en ganarlas.

Esta madrugada, Estados Unidos le quitó a Donald Trump el control de ambas cámaras del Congreso, según las proyecciones de los principales medios estadounidenses. Conviene preguntarse, sin euforia ni desánimo, qué cambia realmente.

En apenas unas semanas, tres de los países más influyentes del mundo fueron a las urnas. En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva volvió a ganar con 51.79% de los votos válidos, frente al 48.21% de Flávio Bolsonaro, quien no reconoce el resultado y huyó a Estados Unidos. En Israel, el bloque del primer ministro Benjamin Netanyahu quedó con 53 escaños, lejos de los 61 necesarios para formar gobierno y de los 68 que tenía anteriormente. Y ahora, Estados Unidos.

No son elecciones iguales ni sus resultados representan una derrota total de nadie. La derecha brasileña ganó terreno en el Congreso; Netanyahu sigue encabezando el bloque más grande de la Knéset; y Trump conserva la presidencia, con amplias atribuciones ejecutivas. Pero, juntas, estas votaciones dicen algo que no deberíamos pasar por alto: los gobiernos que apostaron por la fuerza, la polarización y la confrontación encuentran en las urnas un límite.

Es cierto que el presidente estadounidense conserva el timón de la política exterior y arancelaria. Nadie en Washington deja de gobernar por una noche electoral. Los escépticos tienen razón en eso. Pero se equivocan al concluir que da lo mismo. Un Congreso controlado por la oposición no manda, pero encarece: obliga a negociar, a explicar, a construir coaliciones y a pagar un costo político por cada decisión. Y eso, en geopolítica, también es poder.

Piénsese en lo que está sobre la mesa. La ayuda militar a Israel, que muchos demócratas cuestionan por la guerra en Palestina, dejaría de ser un cheque en blanco. Nada de esto ocurrirá de inmediato: la nueva Cámara de Representantes toma posesión el 3 de enero de 2027. Pero aliados y adversarios ya empiezan a calcular.

Hay símbolos que merecen ser observados detenidamente. En Michigan, Abdul El-Sayed, médico y exfuncionario de salud pública, derrotó al republicano Mike Rogers y se convertirá en el primer musulmán elegido para el Senado de Estados Unidos, justo cuando su país enfrenta una guerra en una región de mayoría musulmana.

En California, Xavier Becerra, hijo de inmigrantes mexicanos, fue proyectado como gobernador de un territorio que fue arrebatado a México en la guerra de 1846-1848. En Nuevo México, Deb Haaland, se convierte en la primera mujer indígena o nativa americana en ser elegida gobernadora. Y en Nueva York, Darializa Avila Chevalier, musulmana, investigadora de derechos civiles y organizadora comunitaria, ganó la elección para representar al 13.º distrito del Congreso que abarca partes de Manhattan y el Bronx.

Las ideas de cada persona deben discutirse por lo que proponen, no por su origen, su fe o su apellido. Pero las urnas también reordenan quién tiene voz donde se deciden las cosas.

Y está Irán. La guerra contra la República Islámica de Irán, iniciada sin autorización del Congreso, llega con un electorado que la juzga, con aliados cuyos gobiernos se tambalean y con protestas que recorren Europa. Cuando el respaldo político se erosiona, el costo de escalar sube.

Esa es, quizá, la contribución más seria de los votantes: encarecer el siguiente paso y, quizás, detener un ataque ya anunciado.

El poder blando y el voto comparten esa naturaleza: actúan poco a poco, casi sin que se note, hasta que un día el rumbo ya es otro. El voto no sustituye al poder: lo obliga a contar con él.

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Texto publicado el miércoles 4 de noviembre de 2026 en Istmo Press. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1F1BjpBVgP/