Por Gubidxa Guerrero Luis
A las dos y media de la tarde salió la comitiva para San Juan Totolcintla. Desde las dos nos habíamos ido juntando cerca de la parada: familiares, amigos, las y los danzantes, los músicos de la banda, los elementos de la seguridad comunitaria. Las Urban y la patrulla se llenaron, los taxis y vehículos particulares arrancaron, y así, en fila, Xalitla echó a andar rumbo a un pueblo vecino.
Acudimos por invitación del Segundo Comisario, Diego Alonso Guerrero Espíritu, primo hermano, hijo de mi tío Abdías Guerrero, el hermano menor de mi papá. Un día antes, el 29, Rodrigo Inés Ortiz, como Primer Comisario, había hecho el mismo camino hacia San Miguel Tecuiciapan. Esta vez era el turno de Totolcintla, que celebra al mismo patrono.
Íbamos en familia. Juquila, mi esposa, y nuestros hijos, Gusibí y Oselotl Beedxe'. Mi tío Emigdio; mi tía Florencia, a quien llamamos Len o Lencha; mi tío Alejandro, Yango, con la tía Mago; el tío Abdías y la tía Tere. Primos y primas, entre ellas Anabel, la Güera, que desde siempre es más hermana que prima.
Soy binnizá de Juchitán por mi madre y nahua de Xalitla por mi linaje paterno. He vivido la visita entre pueblos en las dos regiones: la del Alto Balsas y la del Istmo de Tehuantepec. Es curiosa la similitud de las costumbres. Los nahuas de Guerrero y los zapotecas de Oaxaca, separados por montañas, por lenguas y por siglos de historia propia, llegaron al mismo gesto: si hay fiesta, el vecino visita al vecino y le lleva un cariño. Es un privilegio pertenecer a los dos mundos, y es uno que ya comparten mis hijos, que estudian en Xalitla, acuden a sus fiestas y llevan el Istmo en la otra mitad de su corazón. Gusibí, incluso, está aprendiendo a danzar.
El Alto Balsas es una región de manos. Aquí se dibuja, se pinta sobre amate, se moldea el barro, se habla náhuatl y cada pueblo tiene lo suyo. Los oficios han sido también una manera de organizarse, y por eso las visitas entre Xalitla, Totolcintla, Tecuiciapan y sus hermanos del Ueyiatl ("Río Grande" o Río Balsas) se sienten menos como un protocolo que como una conversación entre artesanos que se reconocen.
Xalitla llegó con lo que una visita merece: flores y velas para el santo, sus autoridades al frente, la Guardia Tradicional Comunitaria, la banda con el metal a cuestas, los danzantes con su ritmo y una comitiva representativa del pueblo. La Guardia es el sistema de seguridad de la comunidad, cuyos elementos prestan su servicio gratuito durante un año. Es una manera de decir "aquí venimos todos".
Lo primero fue el templo. Se entregaron las ofrendas, se acomodaron las flores, se encendieron las velas, y cada uno realizó sus oraciones en silencio.
Después, la Comisaría. Las autoridades anfitrionas esperaban, y el Comisario con algunos principales se sentó de frente. Saludos, afecto, nombres, reconocimientos. Un momento que parece sencillo y que sostiene todo lo demás. Se entregaron formalmente las charolas de bebidas, el "regalito" del pueblo visitante, que no vale por lo que cuesta sino por lo que dice: venimos, te visitamos, traemos algo de nosotros.
A la comitiva nos atendieron con agua, con refrescos dulces y amargos. No podía faltar un buen mezcal. Y cuando la banda toca una diana o un sonecito, la alegría se siente y la amistad se acrecienta. Un instante que me gustó especialmente: cuando se presentaron los comandantes y la Comunitaria de Xalitla se puso a disposición de las autoridades anfitrionas. El que llega no viene a imponer su fuerza, viene a ofrecerla. Nadie vigila aquí al otro. Se cuidan entre todos.
Luego vino la comida para los invitados en casa de la señora María García, comadre del Primer Comisario de Totolcintla, José Luis Juárez Baltazar. Comimos deliciosamente: carne en mole verde, con sus frijolitos y tortillas hechas a mano. Se conversó y se bailó.
Con el anochecer, la fiesta se trasladó al corralón de toros, a la diversión popular en honor a San Miguel Arcángel. Los jaripeos se han puesto de moda, con jinetes profesionales, aire de rodeo texano y toros de monta de los mejores ranchos de la entidad y de estados vecinos. Antes se "jugaba" con el toro, lo montaban personas del mismo pueblo, y había diversión y orgullo local en ello. Hoy es otro espectáculo, pero lo más importante sigue en pie: que el pueblo se encuentre, que se conviva, que se comparta el mismo cielo sobre la misma plaza.
Después llegó la hora de volver a casa, con los danzantes, la seguridad comunitaria, la banda y la comitiva. Totolcintla continuó con la fiesta, pues hubo baile, de esos que se alargan hasta donde el cuerpo aguante.
Los pueblos de por acá celebran de cuatro a siete días, según su gusto y su participación. Es decir, según cuánto quieran estar juntos.
En un tiempo que nos empuja a la prisa y al aislamiento, hay comunidades que siguen tomándose días enteros para visitarse, para sentarse de frente, para compartir las tortillas y la música. Ojalá nunca se pierda la costumbre. Ojalá nunca dejemos de lado lo que nos hace comunidad.
_____
Texto publicado el jueves primero de octubre en el perfil personal del autor en Facebook. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace:




















