Por Gubidxa Guerrero Luis
Francisco Alejandro Leyva Aguilar ya no está. Un hombre que se ganaba la vida con la palabra, con la investigación, con el oficio de contar lo que otros quieren ocultar, fue silenciado a balazos en pleno mes festivo, el mes de la Guelaguetza. No importa con qué partido simpatizara, por quién haya votado o en qué medios hubiese trabajado. Lo que importa es que era un ser humano, un comunicador, un padre de familia, un ciudadano que ejercía un derecho constitucional: el de informar.
Matar a un periodista no es matar a un adversario político. Es matar la voz de todos. Es dejar ciego a un pueblo que necesita saber qué pasa en sus calles, en sus gobiernos, en su vida cotidiana. Cuando se asesina a quien denuncia, se asesina también la posibilidad de que los demás denuncien. Y eso, lejos de fortalecer a un gobierno, lo corrompe. Lo hace sospechoso. Lo aisla de la verdad.
