Por Gubidxa Guerrero Luis
El fenómeno migratorio es común a todos los pueblos y tiempos. Las lenguas cambian, las culturas se desarrollan y las personas emigran. Sin embargo, algo tan propio de nuestra naturaleza humana usualmente es consecuencia de la búsqueda de mejores lugares para vivir. Así, algunos van en pos de algo, otros simplemente huyen de su tierra; pero hay quienes emigran por otras razones no siempre consideradas.
El pueblo zapoteca se jactaba en la antigüedad de su permanencia. Entre todas las naciones prehispánicas era la que decía no provenir de ninguna región remota: «de las raíces de los grandes árboles, de los peñascos, de las fieras nacimos», podría expresar cualquier binnizá antiguo. Y aún así, desde antes de la llegada de los españoles, algunos zapotecas salieron de los valles centrales que habitaron por más de dos mil años para ir a poblar montañas y la llanura del Istmo de Tehuantepec que sus antepasados conocieron y muy probablemente habitaron milenios atrás. Los de esta última región comenzaron una historia un tanto alterna a la de sus hermanos serranos y vallistos.
La nueva zona, estratégicamente localizada, cruce comercial y rica en recursos naturales, impregnó de su dinamismo a los recién llegados. Los zapotecas istmeños desde un comienzo se vieron envueltos en disputas con otros grupos étnicos que desde antes luchaban por la preponderancia. Los aztecas también fueron sus adversarios.
Desde su arribo a esa región, los binnizá se caracterizaron por su belicismo. Se defendieron de la Triple Alianza o Imperio Azteca desde la montaña de Guiengola. Contingentes zapotecas participaron en la conquista de Guatemala por Pedro de Alvarado. A mediados de la época colonial organizaron un importante movimiento armado y político contra los españoles (año de 1660), y en todo momento mantuvieron una férrea defensa de sus recursos naturales. Pero fue hasta el siglo XIX que comenzó el proceso migratorio a la Ciudad de México, donde una élite zapoteca había llegado junto con Porfirio Díaz al poder.
No mucho se ha estudiado la participación de los indígenas en la Revolución mexicana y de sus razones. Pueblos varios se unieron a contingentes distintos y contrarios, según diversos motivos e intereses. Durante dicho período, más de cinco mil zapotecas istmeños combatieron en el bando constitucionalista al lado de los yaquis de Sonora, y estas tropas recorrieron buena parte del territorio nacional. Decenas de personajes se convirtieron en generales del Ejército Mexicano, y en la post-revolución los veteranos combatieron a los rebeldes delahuertistas y a los cristeros.
La mayoría de los altos oficiales zapotecas tuvieron que establecerse en el Distrito Federal por exigencias del trabajo. Y en la segunda década del siglo pasado estos militares impulsaron a muchos jóvenes a trasladarse a la Ciudad de México para cursar sus estudios. La carencia de escuelas superiores en el Istmo y otras regiones zapotecas estimuló esta modalidad migratoria, que pronto dio frutos.
Investigaciones recientes confirman que las primeras migraciones con fines educativos de los zapotecos se registraron a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Desde hace más de un siglo, los zapotecas se han dirigido a la Ciudad de México para realizar estudios universitarios y, más recientemente, estudios de posgrado en diversas instituciones.
De la primera oleada de estudiantes istmeños nació la Sociedad de Estudiantes Juchitecos, que se impuso como tarea vincular a las comunidades binnizá radicadas en la capital con las del Istmo. En la década de 1930, un nuevo grupo estudiantil logró editar la primera de todas las publicaciones en lenguas indígenas del continente: «Neza» ('Camino'). Y surgió una generación de intelectuales zapotecas vinculada a su tierra, cultivando su lengua y revalorando su identidad. Andrés Henestrosa es un buen ejemplo de este grupo. Gabriel López Chiñas y Wilfrido C. Cruz también lo son.
En los cuarentas apareció «El Istmo», otra publicación cultural istmeña. Al siguiente decenio, «Diidxa» ('Palabra'). Hasta que a finales de los sesentas nació «Neza Cubi» ('Camino nuevo'), ya con una generación renovada, encabezada por Macario Matus y Víctor de la Cruz.
Muchos de los profesionistas zapotecas que egresaron de las principales universidades del país jamás volvieron, pero tampoco olvidaron el terruño y entonces buscaron los mecanismos para estrechar los vínculos con su lugar de origen. Fundaron sociedades de Velas, recrearon fiestas, mayordomías, y formaron una comunidad muy numerosa que hasta la actualidad sigue nutriéndose con nuevos estudiantes y migrantes de diversa índole, que tienen como común denominador la cultura y la pertenencia a la nación zapoteca y otras identidades étnicas istmeñas.
La población zapoteca y de sus descendientes en la Ciudad de México, procedentes tanto del Istmo de Tehuantepec, como de los Valles Centrales, la Sierra Norte y la Sierra Sur, se eleva a varias decenas de miles de personas. No existe una cifra exacta, lo cual es en sí mismo un síntoma del descuido y de la invisibilización institucional que aún padecen los pueblos originarios en la capital. A pesar de ello, este contingente ha logrado consolidar espacios de encuentro y resistencia cultural. Uno de los más emblemáticos es el Centro Cultural Macario Matus, ubicado en la planta baja del Edificio Guanajuato en Tlatelolco. Inaugurado en 2009 tras el fallecimiento del poeta, este espacio se ha convertido en un punto de referencia para la difusión de la cultura zapoteca así como de diversas culturas originarias del país.
En la misma línea de trabajo cultural y organizativo destacan también la «Revista Guidxizá (Nación Zapoteca)» y el Comité Melendre, que desde 2004 impulsan la creación literaria, la recuperación de la memoria histórica y la revalorización de la identidad binnizá. Proyectos como «A moverse barrio», integrado por danzantes zapotecas de la Sierra Norte radicados en la capital, fortalecen igualmente las tradiciones de su pueblo en los nuevos territorios que habitan.
La investigación académica sobre la migración zapoteca ha avanzado significativamente en la última década. Estudios recientes han puesto el foco en dimensiones antes poco exploradas.
El acceso a la educación superior se ha convertido en un factor determinante en la conformación de un grupo étnico altamente diferenciado y jerarquizado. Investigaciones actuales analizan cómo la escolarización funge como herramienta para la obtención, manipulación y preservación de la ciudadanía étnica, así como para la transformación de las identidades étnicas y genéricas. Estos procesos migratorios con fines educativos han suscitado transformaciones en las relaciones de género al interior de las comunidades zapotecas. Las mujeres zapotecas, que antes tenían un papel más limitado en la migración educativa, han incrementado su presencia en las universidades de la capital, reconfigurando dinámicas familiares y comunitarias.
Un aspecto fundamental que emerge de estas investigaciones es que contar con privilegios de clase no exime a los zapotecos de experimentar racismo, discriminación y desigualdades de género en los contextos de la migración. La discriminación persiste como una realidad hiriente para los migrantes nativos en la capital, incluso para aquellos con altos niveles de educación y posición socioeconómica.
La discriminación hacia los pueblos indígenas en la capital se manifiesta de múltiples maneras. Un caso paradigmático ocurrió en septiembre de 2024, cuando una cadena comercializó trajes típicos zapotecas como "disfraces" para las fiestas patrias y Día de Muertos. Poetas e intelectuales calificaron esto como violencia, racismo y discriminación hacia los pueblos originarios, quienes visten esta indumentaria como parte de su identidad y no como disfraz. Esta forma de apropiación cultural evidencia cómo las grandes empresas comercializan con la cultura de los pueblos originarios sin reconocer su valor simbólico ni retribuir a las comunidades. Un huipil tradicional sencillo cuesta alrededor de 3,000 pesos y uno de gala puede llegar hasta los $20,000, muy lejos de la versión comercializada a bajo costo, elaborada de manera industrial.
Por supuesto que una realidad hiriente se encuentra detrás de todo esto, pues si los pueblos originarios tuvieran posibilidades académicas o profesionales en sus regiones, no llegarían a la capital. Si las condiciones decorosas de vida pudieran adquirirse sin necesidad de trasladarse a cientos de kilómetros para cursar una carrera universitaria o ciertas especialidades, pocos se moverían. Pero es importante recalcar el hecho de que incluso en las condiciones adversas, un pueblo cohesionado puede establecer los mecanismos para desarrollarse positivamente.
Las consecuencias que se desprenden del fenómeno migratorio zapoteca son duales. Por una parte, el migrante suele tomar conciencia de su peculiaridad. El idioma, las costumbres, los valores, le permiten reconocerse distinto. Pero por otro lado, la migración también provoca el desarraigo, pues muchos nunca vuelven, y a la segunda o tercera generación se corre el riesgo de perder la memoria e identidad.
La migración no es sólo física, es también cultural. Hay personas que cambian de lugar llevando consigo la conciencia, las tradiciones, reproduciendo, adonde vayan, parte de su cultura. Esta migración enriquece. Otros, sin moverse, tratan de despojarse de lo que los constituye como seres pertenecientes a un pueblo indígena. Esta permanencia empobrece.
La migración puede ser útil o dañina según las circunstancias en que se dé, dependiendo de la historia de cada pueblo, o de la realidad social que la motive. La migración puede servir tanto para encontrar nuevos códigos de comunicación, como para matar cualquier vestigio del origen. Todo depende de cómo queramos enfrentarnos a esta realidad inevitable.
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Texto original publicado en Enfoque Diario el sábado 24 de agosto de 2013. Versión actualizada con nuevas perspectivas académicas y sociales, publicada el 29 de julio de 2026 en IstmoPress. Se autoriza su reproducción siempre que sea citado el autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1LpEPmMucg
