Morena frente al viejo PRI: la urgencia de una refundación civil



Por Gubidxa Guerrero Luis

Quien haya recorrido el Istmo de Tehuantepec en años recientes ha sido testigo de un fenómeno que se repite en decenas de regiones de México: políticos de viejo cuño, formados en las prácticas del PRI, del PAN y del PRD, han desembarcado en Morena cargando la misma maleta de vicios que usaban en el régimen anterior.

No llegaron necesariamente por convicción, sino por comodidad o cálculo. Y el partido en el poder, necesitado de estructuras territoriales, les abrió las puertas sin exigirles suficiente claridad de principios ni rendición de cuentas.

El resultado está a la vista: gobiernos municipales torpes que desprestigian cualquier discurso de cambio y terminan alejando a una ciudadanía que sigue creyendo en la justicia social, pero desconfía cada vez más de los políticos de oficio.

Morena está cometiendo, a velocidad acelerada, errores que ya conocimos en la larga decadencia del PRI: confundir el voto duro con legitimidad y la estructura clientelar con organización efectiva.

El problema de fondo no es sólo ético, sino estratégico. Un partido que nació con un relato de transformación y una base social genuina corre el riesgo de adoptar los reflejos del poder sin desarrollar los anticuerpos que lo diferencien del pasado. La soberbia del triunfo, la saturación de cargos con perfiles improvisados y la subordinación de la política a la pura logística electoral son síntomas de un mal que ya tiene nombre: priización.

Frente a este panorama, la sociedad civil aparece como un recurso necesario. No cualquier sociedad civil, sino liderazgos con trayectoria verificable: académicos, periodistas, activistas, especialistas en políticas públicas, defensores de derechos humanos y líderes comunitarios. Personas que no dependen de la estructura para sobrevivir, sino que pueden aportar sentido, coherencia y credibilidad ante el creciente hartazgo ciudadano.

La premisa es incómoda pero necesaria: el rostro puede y debe ser más civil, aunque la estructura siga siendo política. No se trata de sustituir a los operadores territoriales —que conocen la geografía y tienen capacidad de movilización—, sino de encauzarlos bajo una dirección que fije agenda, comunique con claridad y rinda cuentas más allá del día de la elección.

Hace falta formar cuadros con mayor solidez, abrir espacios reales a perfiles civiles en las listas y exigir estándares mínimos de preparación y ética pública. Estas medidas no son utópicas. Se han ensayado en distintos países y contextos con resultados imperfectos, pero casi siempre mejores que la simple reproducción del clientelismo.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿está dispuesta la dirigencia a compartir poder real con perfiles independientes y con la sociedad civil, o solo quiere utilizarlos como escudo ante sus propias contradicciones? Si la respuesta es la primera, todavía es posible corregir el rumbo. Si es la segunda, la historia terminará pareciéndose demasiado a la de un PRI con mejor discurso, pero con el mismo destino.

Oaxaca está dando la alerta. Falta escucharla.


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Texto publicado el viernes 31 de julio de Tinta Brava. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1ELT9fmx5y/