Por Gubidxa Guerrero Luis
Durante marzo y abril (dependiendo de cómo se le haya ocurrido salir a la luna ese año), en buena parte del mundo se recuerda la muerte de un hombre que predicó en Palestina hace dos milenios. Dicen que, siendo divino, encarnó para poder conversar, reír y dolerse como humano. Muchos han cuestionado las maravillas que se le atribuyen, pero en mi tierra istmeña sabemos que todo cuanto refieren de este personaje fue verdad.
Acá también acontecen portentos. De cuando en cuando tenemos noticias de que en tal pueblo brotaron nutrias de una cueva de río, que de la mar surgió un animal feroz que devoraba gente, o que las piedras de cierta montaña hablaron. Los mismos zapotecas somos constancia viviente de que lo aparentemente fantasioso puede ser verídico. ¿Acaso no nacimos de las fieras, de los peñascos y de las raíces de los árboles? ¿No es nuestra estirpe ejemplo certero de lo asombroso?









