Juchitán siempre ha sido un pueblo bronco. Desde hace cientos de años los "tecos", como se nos denomina coloquialmente, hemos sido acusados de ladrones y peleoneros. Con decirles que en la región istmeña se nos llama "robaganado" desde los siglos del colonialismo español, cuando los administradores de las grandes haciendas marquesanas acusaban a nuestros antepasados de matar sus reses para comilonas colectivas y venta ilegal.
No hay juchiteco cuyo abuelo, bisabuelo o tatarabuelo no haya combatido en alguna rebelión armada. Lo juro. Considerados buenos soldados, los valientes zapotecas de Juchitán fueron requeridos como mercenarios por más de un político con aires presidenciales, desde Antonio López de Santa Anna y Benito Juárez, hasta Porfirio Díaz y Álvaro Obregón.
Violencia y muerte han sido recurrentes entre mi gente desde que combatimos en las laderas de Guiengola contra los guerreros aztecas. La lucha bélica, los asesinatos y hurtos han sido cosa de todos los días, como entre cosacos y córcegos. Pero de entre tanta sangre una luz resplandece: el arte con que hacemos las cosas; la concepción sagrada de un trabajo bien hecho que, para ello, merece ser bien aprendido.
En 1854 pasó un militar prusiano, llamado Gustavus Ferdinand Von Tempsky, que comentó: "Llené las paredes con mapas de tierras y mares, terminé mi plática hasta bien entrada la noche, cuando tanto el expositor como sus oyentes estábamos totalmente agotados; debo dar fe, sin embargo, que nunca he visto discípulos más atentos, inteligentes y deseosos de aprender que estos rufianes juchitecos". Porque esos guerreros que él vio ―y que vieron Charles Étienne Brasseur y Fray Mauricio López―, parieron artistas y científicos. De la violencia nació un Andrés Henestrosa y un Francisco Toledo; un Gabriel López Chiñas y un Eustaquio Jiménez Girón; así como en pueblos hermanos nacieron Juana Cata, Carlos Iribarren, Facundo Génico, Atilano Morales y Chu Rasgado.
Mi pueblo, el hermoso Juchitán que vieron mis abuelos, vuelve a llenarse de asesinatos y sangre. Pero confío que a pesar de los robos y la violencia, nazcan futuros artistas y científicos que hagan de nuestra patria zapoteca el lugar idílico que los binnigula'sa' soñaron. Para que, por fin, pare el ciclo de dolor y muerte y tengamos mil años de esplendor y sabiduría como en la antigua ciudad de Danni Beedxe' ('Montaña del Jaguar') hoy llamada Monte Albán.
Porque, como dijo aquel alemán, nadie más deseoso de aprender que mis paisanos, los buenos juchitecos. Basta escuchar cualquier banda de música para comprobar que el arte fluye en las venas de mi estirpe. Y como dijo Macario Matus: "Sólo el arte salvará a nuestros pueblos".
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Nota: Escribí este texto en agosto de 2017. Lo recupero hoy porque sigue diciendo algo esencial sobre el carácter de mi pueblo.








