*El cartel de los 500 años de los dominicos en el Istmo exige un diálogo civilizatorio urgente.
Por Gubidxa Guerrero Luis
Este lunes 13 de julio de 2026, al recorrer las redes sociales, me topé con un cartel que me desconcertó. Con tipografía solemne y escudos eclesiásticos, la imagen anuncia los “500 AÑOS” de la presencia dominica en Tehuantepec, bajo el lema “Predicando la verdad y sembrando la fe”. El evento tendrá lugar en el Ex-Convento Dominico del siglo XVI, hoy sede de la Casa de la Cultura de Tehuantepec.
Si mi primera reacción fue de desconcierto, la segunda de una profunda ofensa hacia nuestros muertos y hacia el asesinato sistemático de nuestra memoria histórica. No es posible mirar ese papel y no sentir que se está bailando sobre una fosa común.
1526 no fue un “encuentro” bonito. Fue el año en que la maquinaria colonial, con la cruz por delante y la espada por detrás, empezó a desmantelar sistemáticamente el poder y la cosmovisión zapoteca y de muchos otros pueblos originarios.
El lema “Predicando la verdad” es, cuando menos, una provocación histórica. ¿De qué verdad hablan? ¿Acaso no fueron los frailes quienes, en nombre de Dios, incendiaron miles de documentos históricos y astronómicos prehispánicos? Esa no fue una “evangelización” pacífica; fue un epistemicidio: la matanza deliberada de un sistema de conocimiento que no cabía en los márgenes de la escolástica europea.
El caso de Cosijopí, el último Rey de Tehuantepec, es la prueba más dolorosa de esta hipocresía. Él mandó edificar el convento a los dominicos creyendo que la alianza con la fe cristiana le daría protección. Sin embargo, fue juzgado y condenado por quienes había recibido. La traición no fue un accidente; fue el método.
Es cierto. El catolicismo ya no es “de ellos”. El sincretismo de nuestras mayordomías, velas y danzas es profundamente zapoteca e istmeño. La Virgen y el Cristo Negro tienen rostros de deidades prehispánicas. Pero precisamente por eso, porque esa fe nos duele y nos define, debemos exigir que su memoria sea tratada con honestidad.
La celebración de los 500 años de la llegada dominica no puede ser un desfile triunfalista. Así como en 1992 los pueblos originarios conmemoraron los “500 años de resistencia indígena, negra y popular”, hoy debemos preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a festejar a quienes destruyeron los vestigios de nuestra religiosidad antigua, o estamos listos para exigir un diálogo interreligioso que empiece por el reconocimiento de los horrores?.
Este cartel, que circula en pleno 2026, nos brinda una oportunidad única. No para el odio, sino para el debate reflexivo y constructivo. Propongo que la comunidad, las autoridades culturales y religiosas conviertan esta conmemoración en un espacio para la memoria.
Que el diálogo civilizatorio comience, por fin, con un acto de reparación histórica: que se reconozca que la Conquista utilizó a la Iglesia como brazo de dominación y ocupación. Que se pida perdón a los muertos anónimos cuyas creencias y saberes fueron reducidos a cenizas. Que se invite a las voces disidentes a tomar la palabra en ese mismo ex-convento.
No se trata de borrar la fe que hoy profesan millones. Se trata de dejar de romantizar la ocupación, junto con lo que conlleva. Celebrar sin memoria es un acto de soberbia histórica. Recordar con verdad, en cambio, es el único camino para que los pueblos istmeños puedan mirar al futuro sin arrastrar la vergüenza de un pasado mal digerido.
Hoy, al ver ese cartel, entendí que la batalla por la memoria sigue viva. Y que nuestro deber, como zapotecas del siglo XXI, es no callar ante quienes pretenden “sembrar fe” sin antes reconocer la sangre con la que regaron la tierra.
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Texto publicado el lunes 13 de julio de 2026 en Cortamortaja, e Istmo Press. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlaces: https://www.facebook.com/share/p/1BWKZXKsYQ/, https://www.facebook.com/share/p/17RR36Y4XZ/,
