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| Ilustración.- Francisco Toledo |
Gubidxa Guerrero
A veces, cuando uno camina por las veredas calurosas de nuestra región, entre árboles de mezquite y grandes pochotes, levantando el polvo a nuestro paso, nos llevamos gratas sorpresas. ¿Se han topado con alguna tortuga de avanzar pausado? Seres por los que no transcurre el tiempo y que pueden permanecer quietos una eternidad.
Son pequeñas, de color verde obscuro --muchos afirman que café-- con el cuello largo y la piel arrugada. Su caparazón tiene grabadas figuritas geométricas que algunas personas saben leer. Se esconden de los extraños. Suelen introducir sus extremidades en la casa que llevan a cuestas.
En la adolescencia me pregunté muchas veces de dónde provenían, pues me las llegué a encontrar en lugares inverosímiles: en lo alto de la montaña de Guiengola, entre las pirámides que construyeron los binnigula’sa’; en Danixumbé, el Cerro de la Garza, habitado todavía por juguetones changos; en los extensos campos de Tehuantepec y de San Blas Atempa; o entre los terrenos de Chicapa, azotados por los ventarrones.
Al sentarme a descansar, miraba que de entre las hojas caídas de los árboles surgía una pequeña tortuga. Decía yo: a ese paso, ¿cuántos años ha de tardar en ascender desde la llanura istmeña? ¿Cuánto tiempo ha de transcurrir entre su caminar de un pueblo a otro? Todas, preguntas difíciles de responder a una tierna edad.
Contó mi madre que cierta tarde el abuelo Nuco llegó muy contento. Desunció los bueyes de la carreta y fue directamente con mi abuela. Llevaba su morral abultado del que sacó una pequeña tortuga. “Mira, mujer, lo que cayó. Prepárala en caldo”.
No me sorprendía que la fueran a merendar, pues en nuestros pueblos es común aprovechar, para sustento nuestro, a los animales del campo, como iguanas, armadillos, conejos, chachalacas, entre otros. Lo que hizo que yo parara la oreja fue su afirmación de que la tortuguita había caído de algún lado. ¿De dónde?, me pregunté. ¿Quién la aventó o la dejó caer?
Continuó Florinda: «Tu abuelo se retiró del lugar y me acerqué tímidamente a la abuela Lucía para averiguar de dónde había traído aquel animal. “Lo trajo del monte”. “Pero ¿por qué dijo que ‘cayó’?”. Y ella con una expresión de ternura ante quien desconoce lo obvio, explicó: “Pues porque cayó del cielo. Verás: las tortugas no son de esta tierra; son seres que viajan por entre las nubes que riegan nuestros campos. Ellas ayudan a que rompan el líquido precioso que termina con la sequía temporal. Retozan entre piedras que existen allá arriba y que provocan los rayos. Los truenos, que tanto nos asustan, se producen cuando dos grandes rocas chocan en lo alto. Por eso retumban tan fuerte, y por eso a la lluvia le decimos en zapoteco nisaguie (‘agua de piedra’). A veces, una tortuguita juguetona cae por descuido al monte o a los cerros, de donde los campesinos las traen para que nos sirvan de alimento o compañía”».
Entonces lo entendí todo, y supe finalmente la procedencia de las tortugas nuestras. ¡Son un regalo de la lluvia!
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Texto publicado en Enfoque Diario el domingo 15 de septiembre de 2013. Publicado en Cortamortaja el viernes 17 de julio de 2026. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1EGtHAFnsm/
