El 'derroche' que nos sostiene: las clausuras escolares como acto de resistencia comunitaria en el Alto Balsas, Guerrero

Ilustración: Pedro Díaz


Por Gubidxa Guerrero Luis

El calendario oficial de la Secretaría de Educación Pública cierra el ciclo escolar 2025-2026 este mes de julio. En Xalitla, comunidad nahua del Alto Balsas, Guerrero, esa fecha no cierra: abre un espacio de celebración y reafirmación colectiva.

La clausura tiene su rito visible —bailables, diplomas, discursos—, pero ese rito es apenas la antesala. Lo que más sostiene a la comunidad ocurre después, cuando se encienden los fogones, se abren las puertas de las casas y el pueblo entero se sienta a la mesa para honrar a quienes concluyeron un ciclo de su formación.

Desde fuera, esto puede verse como derroche: gasto de tiempo, comida y recursos. Desde la lógica de la comunalidad nahua, es precisamente lo contrario: es la manera en que la comunidad sostiene y multiplica el esfuerzo individual.

Porque el niño o el joven que hoy recibe su certificado no es solo un alumno que aprobó materias. Es un logro personal real y valioso —horas de estudio, disciplina, superación de dificultades— que la comunidad reconoce y celebra. Ese logro individual se vuelve colectivo: padres, padrinos, maestros, vecinos y el pueblo entero se sienten parte de él. Cada plato compartido, cada abrazo, cada palabra de aliento repite lo mismo: este triunfo es tuyo, pero también es nuestro.

La escuela llega con contenidos muchas veces ajenos, horarios impuestos y una lengua que no siempre es la materna. Por eso el convivio no es secundario: es el contrapeso indispensable. Es el momento en que la comunidad recupera el sentido profundo de la educación y reafirma que formar personas no es solo transmitir conocimientos, sino criar seres humanos desde una red de corresponsabilidad y afecto.

El mole, el pozole, los tamales, la música y las risas —lo que el cálculo utilitario llamaría “gasto improductivo”— son en realidad la sustancia de la comunalidad. Ahí se renueva la fraternidad que permite resistir la adversidad, se premia el esfuerzo del alumno y se transmite a las nuevas generaciones una lección que ningún plan de estudios contiene: no basta con aprobar, hay que seguir perteneciendo, hay que seguir contribuyendo.

En un tiempo que empuja al individualismo y a la competencia feroz, estos pueblos insisten en una verdad antigua: no se sobrevive solo acumulando méritos personales, sino compartiendo. No todo está en el certificado. También está en el convite. Está en el reencuentro.

Por eso la clausura en el Alto Balsas no cierra: celebra un logro, reafirma lazos y siembra el ciclo que viene. Porque cuando todo el pueblo comparte mesa y comida, no solo despide un nivel educativo: fortalece el tejido que hará posible los logros futuros.


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Texto publicado el martes 7 de julio de 2026 en Tinta Brava e Istmo Press. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlaces: https://www.facebook.com/share/p/189HPbXXWo/https://www.facebook.com/share/p/1Jvs7Ki37n/