Dedicado, con respeto y gratitud a Ta Víctor Miguel López,
mi compañero Tupil,
y a Ta Lamberto López Domínguez,
nuestro Representante Católico, Guardallave y Xuaana'.
Por Gubidxa Guerrero Luis
Imagina un pueblo entero escuchando un solo campanazo cada veinte segundos. Mañana, tarde y noche, sin pausa, durante días. Imagina que ese sonido se vuelve el aire que respiras, y que de pronto el pueblo es otro. Cuando fui Tupil en Guichixú (de Guidxi: 'pueblo'; Xu: 'temblor, poder'), agencia municipal de Santiago Laollaga, entre 2019 y 2020, fue de lo que más me admiró de estas fechas. Todavía lo escucho: ¡Pam!… ¡Pam!…
Los días de Todosantos no empiezan cuando lo marca el calendario litúrgico; se anuncian cuando llega el viento al que se dice Bixandu': bi, aire, espíritu; Xandu', santo. Desde una semana antes se manda hacer el pan de manteca, el pan monito y el chocolate de metate, con cacao de la zona. Se sale de cacería por las iguanas y se apartan los pollos de patio. Para cuando el calendario marca el 31 de octubre, el pueblo ya lleva días preparando la mesa para sus muertos.
31 de octubre: se abre el templo
Pasado el mediodía se va al panteón a limpiar y dejar flores. A la vez se abre la iglesia y comienza a sonar la campana. Son dos Tupiles (servidores del templo, a quienes también se dice Campaneros) que se turnan, porque la campana no puede callar nunca. Lo pesado son las noches: hay que dormir en la iglesia, vigilar y relevarse para que el toque no se rompa.
Mientras tanto, en las casas se levantan los altares con su arco de flor de cempasúchil. En Juchitán a la mesa de santos le dicen Mexabidó, "mesa del aire sagrado". El arco es un portal, una bienvenida. La flor amarilla guía a los difuntos con la vista y la campana los guía con el oído. Se les pone fruta de temporada, panes, dulces, agua y mezcal.
1 de noviembre: día de táñales y de costumbres sueltas
Desde temprano se prepara la masa y el mole, el pollo y la iguana para los tamales. El tamal es el protagonista: es para los vivos, para los parientes que llegan al pueblo, para las ánimas y para los espíritus que habitan otras dimensiones.
Hacia las nueve o diez de la mañana salen los Mascarudos. Ta Lamberto lo dice mejor que nadie: "no están disfrazados, son las costumbres que andan sueltas". Antes llevaban máscara de palo de balolo, con cuero y cola de venado a manera de barbas. Hoy los músicos siguen con armónica ('cilindro'), tambor y guitarra, y algunos jóvenes se visten de mujer, mezclando el huipil y la enagua con ropa de ciudad. Recorren calles y callejones pidiendo permiso a cada casa para cantar, rezar y bailar. Piden mezcal, algo simbólico, y bromean que "el tío dará cien mil pesos y un galón de inspiración". Algunos llevan una revista picante y se la muestran al anfitrión, que se ríe con pudor mientras lo rodean. Después de un rato pasan a la casa vecina. No se confunden con los Negros de Laollaga ni con los Mbio'xos de Juchitán: los Mascarudos sólo salen en Días de Muertos.
A mediodía se comen los tamales, y más tarde hay partidos de béisbol que ya son tradición. La campana sigue sonando entre la algarabía.
El tamal pa' Campanero
Al caer el sol, la fiesta se traslada al templo. Niños, jóvenes y adultos buscan a los Tupiles y al Representante de la Junta Católica (al que en Tehuantepec y San Blas Atempa llaman Xuaana'), para recordarles que hay que pedir el tamal para el Campanero. Los servidores de la iglesia salen acompañados de decenas de personas. Un Tupil lleva una campanita; alguien le ayuda cargando un canasto, y casa por casa van recibiendo tamales después de pregonar "¡tamaaaal pa' Campanero!". Terminan en la iglesia, donde todos comen de todos, sin importar quién preparó cuál. Es un hermanamiento en un lugar sagrado, con el recuerdo de los difuntos en la mesa.
2 de noviembre: el río de lleva las almas
Ese día también salen los Mascarudos y el pueblo se prepara para despedir a sus visitantes, los vivos y los sepultados. Cabe mencionar que en Guidxixú las campanas repican cuando el cuerpo es llevado en hombros hacia el cementerio. Todos se marchan al más allá al toque de la campana, y a ese mismo toque vuelven anualmente.
Por la tarde ocurre algo que no he visto en otras partes de México. Se levantan las ofrendas y las flores, algunos frutos y una vela se llevan en canastos o en una palangana desde el altar, pasando por el templo, hasta la orilla del río. Allí se hace una pequeña corona de flores con varitas y ramas, a manera de barca, con una vela encendida en medio, y se coloca sobre el agua. El alma, la memoria que quedó en las flores y la comida, se va flotando río abajo.
El Río Largo, el de Guidxixú, es afluente del Guiigu' Bi'cunisa, el Río de las Nutrias o Río de los Perros de Agua, que pasa por Laollaga, Chihuitán, Ixtepec, Ixtaltepec, El Espinal, Juchitán y Xadani hasta la Mar de Santa Teresa o Laguna Superior en el Golfo de Tehuantepec. Las almas regresan así al Sur Eterno, donde decían los viejos abuelos que habitan. Ese día deja de sonar la campana, y la iglesia sigue abierta.
El 3 y el 4: lo que queda y la despedida
El 3 de noviembre queda la memoria, y quedan frutos, panes y dulces en el altar. Los niños salen casa por casa a pedir "boca Todosanto", en otras partes dicho como calaveritas, y la ofrenda de los difuntos se comparte con los vivos. Ese día se cierra la iglesia.
Y el 4, las familias llegan al centro con piñatas de todos los tamaños. Las hay para niñas y niños, para jovencitas y muchachos, hasta para señoras y señores. Decenas de piñatas se rompen entre la algarabía y un dejo de tristeza, porque la fiesta termina. Tal vez porque se va la lluvia y llegan los vientos fuertes y el frío, o porque no volveremos a convivir así hasta las fiestas de mayo, cuando regresen los aguaceros y la siembra.
Quienes se quedan
Dicen en Guichixú que los que murieron durante el año no regresan: se quedan cuidando el otro mundo, "la otra mansión" como dijera el poeta juchiteco Daniel C. Pineda, como si allá también hubiera servicio comunitario y se privilegiara a los que llegaron primero. Quizás por eso el servicio se aprende aquí como una escalera, y el cargo de Representante de la Junta Católica, de Guardallave, es el último, después de haber cumplido los anteriores.
Es lo que me ha tocado vivir en mi pueblo adoptivo, del que soy orgullosamente ciudadano, y que tanto me recuerda a mi Xalitla, Guerrero.
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Texto publicado el sábado 31 de octubre de 2026 en Istmo Press, Tinta Brava, Ramón Bragaña, Jorge Pavián y 50 Bravo. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor.
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