Kujtekomatl: Historia sagrada del cirián en Xalitla


Recopilado por Gubidxa Guerrero Luis
Fuente: Mario Ortiz Fabián, principal del pueblo de Xalitla

—¿Sabes cómo es la hoja del cirián? —me preguntó don Mario.

—Sí, pequeñita —respondí.

—¿Pero sabes qué forma tiene?

No supe qué contestar. Fue entonces cuando don Mario Ortiz, principal de Xalitla, hombre que ya recorrió todos los cargos de su pueblo y que ahora funge como consejero, decidió contarme lo que sabía. Me lo narró primeramente el sábado 5 de septiembre de 2026, y lo volvió a contar tres días después, el martes 8, ante otros principales, como quien confirma con testigos que una palabra antigua sigue viva.

Esto es lo que me platicó: 
"En el principio del tiempo, cuando la Divinidad creaba el mundo y todo lo que contiene, el enemigo —así le llaman al adversario, a la contraparte de Dios— sintió envidia. Quiso demostrarle a su creador que él también era capaz de crear. Le pidió permiso para hacer un árbol, uno solo, de entre los miles que Dios ya había puesto sobre la tierra.
—Está bien —le dijo Dios—, te dejaré intentarlo.
El enemigo puso entonces todas sus fuerzas en la tarea. Así nació el árbol que en náhuatl se llama kujtekomatl, el cuatecomate, también nombrado cirián. Pero lo que el enemigo logró fue un árbol seco, cubierto de bolas también secas, sin una sola hoja. Un árbol feo, a medio hacer.
Esa noche, la Divinidad se conmovió al ver la torpeza de aquella creación. Y decidió intervenir.
A la mañana siguiente el diablo se echó para atrás de la sorpresa, pues el árbol tenía hojas. Los frutos secos habían reverdecido. Dios no destruyó lo que el adversario había hecho: lo completó. Quiso además que ese árbol fuera enteramente útil para quienes lo conocieran: sus partes sirven de medicina para varias dolencias; con sus frutos se hacen jícaras para beber agua y atole, jícaras en las que también se labran y pintan aves, historias, paisajes; con su madera se tallan trompos de chicote y zumbadores; y sus ramas alargadas se convierten en varas de justicia, las que porta la ronda que cuida las festividades en otras partes de México. 
Y para que quedara constancia de lo ocurrido, Dios dispuso que las hojas nacieran con forma de cruz. La misma cruz que en Xalitla honramos en nuestros cerros sagrados".
Lo que don Mario me contó tiene la estructura que Mircea Eliade reconocía en los mitos de origen: ocurre en un tiempo primordial, anterior a la historia, y no se limita a narrar un suceso pasado, sino que explica el porqué de una forma que sigue presente en el mundo. 

La hoja en cruz no es un adorno del relato: es su prueba viviente. Por eso don Mario no empezó contándome el mito, sino preguntándome si había observado las hojas. El mito, para poder cumplir su función, necesita reactualizarse cada vez que alguien mira el árbol y sabe leerlo.

Hay también algo que merece especial atención: el cirián, en otras partes llamadas árbol de morro, no cambia de creador a mitad del relato. Sigue siendo, en su origen, obra del adversario. Lo que Dios hace no es borrar la autoría ni sustituirla, sino intervenir sobre ella, injertarle vida. El árbol útil, medicinal, bello, del que se hacen jícaras pintadas y varas de justicia, es resultado de dos voluntades opuestas trabajando sobre la misma materia, una después de la otra, sin que ninguna anule a la otra por completo.

Ahí asoma un problema filosófico que el relato no resuelve, sino que sostiene: la creación del mundo útil que conocemos no nace de la victoria de un solo principio sobre el otro, sino de una colaboración desigual entre polos rivales. El mal aporta la materia; la Divinidad aporta el sentido, el soplo vital. Ninguno crea solo.

Leído desde la tradición nahua-mexica-tolteca, este mito resulta menos una alegoría cristiana de Dios contra el Diablo que la manifestación de una idea mucho más profunda: la de Ometéotl, el dios dual —Ometekujtli y Omesiuatl, el principio masculino y el femenino, que da y que recibe— que antecede y sostiene toda creación. 

Bajo esa luz, el cirián no nace de un enemigo derrotado por un Dios más fuerte, sino de una síntesis dialéctica entre dos fuerzas que, en el fondo, se necesitan para crear cualquier cosa. La cruz que llevan las hojas queda entonces como la marca visible de esa dualidad creadora.

Desde el Centro Cultural Amakajli A.C. 
Miércoles 9 de septiembre de 2026.

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*Este relato pertenece a la tradición oral del pueblo de Xalitla, Guerrero. Se publica con el propósito de que se conserve y se siga contando entre los paisanos y nuestra descendencia. Fue miércoles 9 de septiembre de 2026 en el perfil personal del autor en Facebook. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor.