Por Gubidxa Guerrero Luis
Hoy se cumplen nueve años de la noche en que la tierra dijo Xu y Juchitán dejó de ser la misma ciudad. El terremoto del 7 de septiembre de 2017 no solo tumbó paredes: abrió, también, una vena de solidaridad que merece ser contada. Entre los miles de testimonios, fotografías y crónicas que documentaron aquellos días hay un episodio que no llegó a los periódicos ni a las revistas.
Fuimos damnificados. Nuestra casa, como tantas del barrio, tuvo que ser demolida. Pero el terremoto no detuvo el trabajo: junto con las compañeras y compañeros del Comité Autonomista Zapoteca "Che Gorio Melendre", del que formo parte desde su fundación, y como coordinador, en ese entonces, del Callejón de los Leones de la Junta Vecinal Guendalisaa nos dimos a la tarea de sostener las iniciativas que empezaban a tomar forma: #AdoptaUnHorno, #CanastaBásicaIstmeña, #TejiendoHermandad.
Entre el Comité Melendre y la Junta Vecinal distribuimos cientos de toneladas de víveres, agua, ropa y materiales entre las comunidades zapotecas, huaves, mixes, zoques y chontales del Istmo de Tehuantepec. Fue en medio de esa vorágine de trabajo que llegó una de las muestras de hermandad más hermosas que he presenciado.
A través del neurocirujano Néstor Leandro López Santis (amigo y colega de mi hermano Germán Luis), el Comité de Primaria de la cabecera municipal, la Casa de la Cultura de San Juan Chamula, Chiapas, con el apoyo de toda la comunidad, se organizó el acopio para acompañar al pueblo juchiteco. Habían seguido de cerca, a través de las redes sociales, la labor humanitaria que estábamos sosteniendo, y decidieron que no bastaba con mirar desde lejos.
Decenas de personas viajaron más de seis horas con su indumentaria tradicional (el clásico chuj de lana blanca) e instrumentos como arpa, jarana y acordeón. Llegaron a Juchitán el 27 de septiembre de 2017 cargando ayuda humanitaria. No venían solo a entregar despensas: venían a acompañar, en el sentido más profundo y más antiguo de la palabra. Venían a ayudarnos a sanar.
Juntos, chamulas y juchitecos, organizamos una procesión por las calles y callejones del Barrio Guendalisaa. Sahumamos. Rezamos. Caminamos entre los escombros que todavía no habíamos terminado de levantar. Dos pueblos originarios, tsotsil y zapoteca, unidos por el mismo copal, aunque hablado en lenguas distintas.
La procesión avanzó por las calles del barrio, encabezada por los músicos de San Juan Chamula, entre vecinos de ambas comunidades. El recorrido finalizó en la capilla del Señor de la Piedad, en la esquina de la avenida Hidalgo y la calle 2 de abril, cuya fachada y cúpula habían quedado severamente dañadas por el sismo. Ahí se rezó una oración colectiva y se presentó una ofrenda tradicional de cirios y flores, en un acto que mezcló la fe que ambos pueblos comparten, con las formas propias de cada tradición.
Los visitantes pidieron algo conmovedor: que la ayuda que traían se repartiera entre nuestros vecinos. Habían venido a contribuir porque habían visto que aquí se estaba dando.
Han pasado nueve años y ese gesto de San Juan Chamula hacia Juchitán sigue siendo, en gran medida, una historia sin contar. No hay una placa, ni una crónica, ni siquiera, hasta hoy, una nota de prensa que deje constancia de aquel hermanamiento. Solo quedan estas fotografías y la memoria de quienes caminamos juntos aquella tarde por el Callejón de los Leones y las calles vecinas.
Escribo estas palabras reconociendo la deuda moral. Si algo nos enseñó el temblor de 2017 fue que los pueblos originarios de México (tsotsiles, zapotecas, nahuas, etc.) nos sostenemos unos a otros cuando las instituciones no llegan a tiempo. San Juan Chamula lo demostró con hechos, con música, con incienso y con flores. Ojalá este sea un primer paso para corresponder, como se debe, a ese pueblo hermano.
_____
Texto publicado el lunes 7 de septiembre de 2026 en Cortamortaja, Tinta Brava y Prizma Noticias. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1HkqPwh3TY/





