¿Solución o confrontación? Por una salida con dignidad para todos


Por Gubidxa Guerrero Luis

En la sierra istmeña, donde pueblos zapotecas y mixes han aprendido a coexistir durante siglos, nadie negocia con el estómago vacío. Cada año, durante las fiestas patronales, llegan delegaciones de pueblos hermanos con cirios, flores y estandartes. Las reciben cohetes, banda de viento y campanas. Antes de que alguien tome la palabra, hay desayuno: tamales, café, pan. Antes de los discursos, la gente conversa: de dónde viene cada quien, qué lengua habla, qué santo cuida. Solo entonces se expresan los voceros, que no hablan por sí mismos sino por sus comunidades.

Esa escena, tan lejana de los escritorios de Oaxaca y de la Ciudad de México, contiene lecciones que ambos gobiernos harían bien en atender hoy.

Desde el lunes 12 de octubre, comunidades mixes y zapotecas mantienen un bloqueo a la altura de El Caracol, en la autopista Salina Cruz-La Ventosa, en cruce con la carretera federal Oaxaca-Istmo. No piden algo extravagante ni nuevo: reparar el camino estatal que va de Santiago Laollaga a Santiago Ixcuintepec, pasando por Guevea de Humboldt, Santa Isabel, Nativitas Coatlán y San Juan Mazatlán, con sus ramales, y dar mantenimiento a una red eléctrica cuyos apagones ya son rutina. Son años de promesas.

Detrás de la expresión "pésimas condiciones" hay, según estimaciones de las autoridades de la zona, unos cien kilómetros de camino, más de cuarenta comunidades que dependen de él, miles de familias que a veces no logran sacar a un enfermo ni llevar a sus hijos a la escuela, accidentes viales y alimentos que se pierden con cada apagón.

Este martes, además, se conoció que la Fiscalía General de la República citó a comparecer a un agente municipal de la zona. Si bien es un citatorio y no una orden de aprehensión, autoridades comunitarias comentan que operadores políticos las amenazan con procesos penales si no levantan el plantón. Es una denuncia que corresponde aclarar, no dar por probada. Pero cualquiera que sea la explicación, el efecto previsible es el contrario al que se busca: la radicalización, porque cuando se cita a una autoridad electa en asamblea, la comunidad no se divide; cierra filas.

Y ahí está el riesgo. Los conflictos tienen una peculiaridad: empiezan hablando de demandas y terminan hablando del trato. Hoy el reclamo es una carretera y una subestación. Si no se escucha, mañana podría ser el desprecio con que se atendió. Cuando un pueblo siente que no le responden porque es indígena, que lo citan en lugar de escucharlo y que su asamblea vale menos que un oficio, un problema de obras se convierte en un problema de dignidad, y ese es mucho más difícil de resolver. Se suman más pueblos, se endurecen las posiciones, se multiplican los costos para terceros, y la discusión se traslada de la carretera al ministerio público, a la urna electoral o a un conflicto mayor.

Por eso el costo político no es un asunto menor. El gobernador Salomón Jara y la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo encabezan proyectos que han puesto la reivindicación de los pueblos originarios en el centro de su discurso. Pero la política se juzga por la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, y esa distancia hoy es visible: personas zapotecas y mixes reclaman caminos y luz, con una paciencia que ya se agotó, mientras llega un citatorio de la Fiscalía para el 14 de octubre, que podría provocar una reacción contraria. No es una amenaza; es una lectura. Y es la razón por la que a ambos gobiernos les conviene más una solución rápida y bien administrada que una victoria sobre un plantón.

Ahora bien, ¿cómo se sale sin que nadie quede humillado? Otra lección de la sierra: la visita se corresponde. Quien hoy recibe, mañana es recibido. Nadie pierde en el hermanamiento porque nadie cede ante nadie: ambos dan. Lo mismo vale para un acuerdo político.

Una salida negociada no es una derrota de los gobiernos ni una rendición de los pueblos; es el cumplimiento, con calendario, de una palabra empeñada hace tiempo. Y funciona mejor como una escalera, donde cada parte da un paso a la vez.

El primer escalón es la distensión simultánea. Que se instale la mesa en El Caracol o en algún punto cercano, como piden las comunidades, porque en la sierra se conversa donde está la gente, con funcionarios que tengan facultades para decidir y no solo para escuchar, y que las autoridades competentes aclaren públicamente la naturaleza del citatorio y garanticen que la vía penal no será instrumento de presión mientras se negocia. A cambio, los pueblos pueden ofrecer una pausa humanitaria o un carril abierto, y mantener el carácter pacífico del plantón.

El segundo escalón es el de los hechos rápidos. Una obra de emergencia en los tramos más dañados y brigadas de CFE en la zona serían la prueba de buena fe que permitiría retirar el bloqueo de forma escalonada, con resultados que cualquiera pueda ver. El camino es estatal y la energía eléctrica es federal, de modo que el Gobierno de Oaxaca y la CFE tendrían que sentarse juntos, con respaldo visible de la Presidenta y del Gobernador. Los pueblos, por su parte, pueden facilitar el acceso de cuadrillas y maquinaria y cuidar su seguridad: es su camino y su luz.

El tercer escalón es el más importante y el que más suele olvidarse: el dinero. En estas semanas se discute en la Cámara de Diputados el presupuesto federal de 2027, y poco después hará lo propio el Congreso de Oaxaca. Cualquier compromiso que no quede etiquetado ahí corre el riesgo de repetir la historia de las promesas anteriores. Por eso la minuta no debería limitarse a buenas intenciones: debería precisar la obra, el monto, la dependencia responsable, las fechas de arranque y de conclusión, y la partida del presupuesto 2027 donde quedará asegurado el recurso. Una minuta sin presupuesto es una promesa con papel membretado; una minuta con presupuesto es un compromiso verificable. Y lo mejor es que verificarlo no dependería de la buena memoria del gobierno, sino de una comisión de seguimiento en la que participen las propias comunidades y que informe en asamblea, periódicamente, cómo van las obras. El levantamiento del bloqueo, además de escalonado, debería ser reversible: si las fechas de la minuta no se cumplen, la comisión se reúne y los pueblos conservan su derecho a retomar la movilización. Esa cláusula no rompe el acuerdo; lo vuelve creíble para ambas partes.

El último escalón es el de quién acompaña. Personas e instituciones aceptables para ambos lados: la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, quizás el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas y algunos organismos no gubernamentales (ONG) que las comunidades acepten.

Hay un tiempo que el gobierno debe respetar y que los pueblos suelen defender. Los voceros no hablan por sí mismos: hablan por sus comunidades y no pueden comprometerse sin consultarlas. Una respuesta exigida en una tarde fracasa; un receso para que cada asamblea delibere, no. Los pueblos, por su parte, harían bien en llegar a la mesa con una comisión clara, con voceros acreditados, con lo irrenunciable bien definido (el camino y la luz) y con lo negociable también (los tiempos, las etapas, el orden de las obras). También en pedir el nombre, el cargo y las facultades de quienes se sienten enfrente, y en salir de ella con algo por escrito. En política, como en las fiestas, lo que no se dice en voz alta y con testigos se olvida pronto.

Queda la última lección, la del cierre. En las fiestas de la sierra, el ciclo termina con un baile, con sonrisas y con la amistad renovada y la enemistad reducida. Es una manera comunitaria de decir que lo que se hizo, se hizo; que lo que se acordó, se acordó; y que se puede volver a la vida diaria sin cuentas pendientes. Un acuerdo en El Caracol debería tener esa lógica: una minuta leída en asamblea y firmada ahí, con la palabra de ambas partes y sin vencedores ni vencidos.

Los pueblos no están obligados a pelear contra el gobierno. Exigen, sencillamente, que se les escuche y atienda. Y eso en la sierra empieza como todo: sentándose a la mesa.


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Texto publicado el martes 13 de agosto de 2026 en el perfil personal del autor en FB, en Tinta Brava y en Istmo Press. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor.