Por Gubidxa Guerrero Luis
Hay palabras que, dichas desde el poder, pesan más que un insulto. Este martes, al ser cuestionado por el plantón de El Caracol, el secretario general de Gobierno de Oaxaca, Jesús Romero, respondió con una pregunta: “¿Qué bloqueo?”. Y añadió la frase “bloqueo mental”, además del ofrecimiento de que “la mesa está puesta en Oaxaca”. Quizá fue una frase improvisada. Pero para los pueblos de la Sierra Mixe-Zapoteca, que llevan tres días con la carretera federal 190 cerrada y años con caminos intransitables, sonó a una puerta que se cierra.
Y no es un asunto menor, porque el clima ya está cargado. Tras una primera mesa de diálogo, la tarde del martes, los voceros de los pueblos denunciaron haber recibido amenazas y emplazamientos. Relatan, además, que por la mañana helicópteros de las fuerzas de seguridad sobrevolaron el plantón a muy baja altura. Si ocurrió como se cuenta, en una región ya lastimada por la violencia, no fue un gesto neutral: fue una señal de intimidación.
Aquí conviene hacer memoria. Oaxaca conoce lo que ocurre cuando una demanda popular recibe desdén y represión. La COCEI nació en los años setenta, en Juchitán, de una mezcla de reclamos campesinos, obreros y estudiantiles que el poder de entonces trató como un problema de orden público. La respuesta fue violenta y la causa trascendió a niveles insospechados. La crisis terminó con la salida del gobernador Manuel Zárate Aquino, pero dejó heridas que todavía forman parte de la memoria política del Istmo de Tehuantepec.
Nadie sale ganando de esas jornadas: los muertos no regresan, las instituciones pierden legitimidad y los conflictos, lejos de cerrarse, se vuelven memoria dolorosa. Por eso resulta tan llamativo que la política de hoy invoque esa historia y olvide su enseñanza. El propio secretario de Gobierno suele reivindicar su origen juchiteco y su cercanía con aquellas filas. Esa memoria es un capital político, pero también una obligación: quien la recuerda debería saber mejor que nadie cuánto cuesta responder con desdén a una causa popular, y con algo peor después.
Nada de esto significa que el gobierno no tenga deberes. Un bloqueo en una vía federal afecta a terceros, y el Estado tiene la obligación de cuidar el orden y la seguridad de todas las personas. Pero la pregunta no es si debe actuar, sino cómo. En México, el uso de la fuerza pública está regulado por una ley nacional que exige legalidad, necesidad y proporcionalidad, y la concibe como último recurso. Un sobrevuelo a baja altura sobre un plantón pacífico no persuade a nadie: provoca. Y las provocaciones, en un clima de tensión, suelen terminar en lo que nadie quiere.
La prevención, que es mucho más barata que la crisis, tiene una receta sencilla: observadores de derechos humanos, nacionales e internacionales, en el lugar, para que todo lo que ocurra tenga testigos; que se detengan los actos de intimidación; que las autoridades aclaren públicamente qué ocurrió con los sobrevuelos y con el citatorio de la Fiscalía General de la República; y que la mesa se instale cerca de donde está la gente, con garantías de seguridad para todos los participantes, tanto del gobierno como de los pueblos. El diálogo tiene que ser en el territorio, no en una oficina a cinco horas de distancia. También debe respetarse el tiempo de las asambleas, porque ningún vocero ni autoridad comunitaria puede comprometer a su pueblo en una sola sesión.
Los pueblos mixes y zapotecas han cuidado hasta ahora algo valioso: el carácter pacífico de su movimiento, la claridad de sus demandas y la legitimidad que les dan miles de muestras de respaldo en las redes y en las calles. Conservarlo es su mejor protección.
Las autoridades de la región han dicho que el jaguar despertó. Los jaguares, como los pueblos, no atacan sin razón: reclaman su territorio y exigen respeto. A quienes toman las decisiones les queda una oportunidad que no durará mucho: convertir el conflicto en un acuerdo antes de que se vuelva un hecho que nadie quiera recordar. Esa oportunidad tiene una forma muy concreta: dejar de preguntar “¿qué bloqueo?” y sentarse, por fin, a la mesa, con soluciones en lugar de promesas.
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Texto publicado el miércoles 14 de octubre de 2026 en Tinta Brava, Ramón Bragaña y Romo Noticias. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor.
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