Por Gubidxa Guerrero Luis
La mañana del martes 7 de abril de 2026 la sinagoga Rafi-Nia, en el centro de Teherán, fue destruida por un misil durante la oleada de ataques estadounidenses-israelíes contra la capital iraní. El hecho es grave: un lugar de culto antiguo fue reducido a escombros, con libros sagrados y objetos rituales dañados o perdidos. Más allá del daño material, el incidente tiene un fuerte impacto simbólico.
La comunidad judía iraní es una de las más antiguas del mundo, con una presencia continua de más de 2700 años. Sus orígenes se remontan al exilio asirio (siglo VIII a.C.) y especialmente al exilio babilónico (586 a.C.) tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén.
Cuando Ciro el Grande, fundador del Imperio Persa o Aqueménida, conquistó Babilonia en 539 a.C., permitió el regreso de los judíos a Jerusalén, pero muchos optaron por quedarse en tierras persas. Bajo el Imperio Aqueménida, los judíos gozaron de tolerancia; el propio Ciro es recordado en la Biblia como un “ungido” de Dios (Isaías 45). En el Libro de Ester se menciona a los judíos entre la élite persa, historia novelada que se desarrolla en la corte de Asuero (probablemente Jerjes I) en que se describe un episodio que los judíos de todo el mundo celebran como Purim, cuando fueron salvados milagrosamente por el esposo de Ester, monarca sucesor de Ciro.
En periodos subsecuentes la comunidad creció y se consolidó. Adoptaron el farsí/persa como lengua, aunque mantuvieron el hebreo para la liturgia y desarrollaron una cultura híbrida con elementos iraníes. Después del siglo VII, con la adopción del islam, los judíos recibieron un estatus especial como gente del Libro, al igual que los cristianos. Durante la primera mitad del siglo XX experimentaron un “período dorado” de integración social y profesional.
Aunque la fundación del Estado de Israel (1948) y la Revolución Islámica (1979) propiciaron una importante emigración, la comunidad judía en Irán permaneció leal a su religión, a sus costumbres y al país en el que gozan de representatividad parlamentaria. A diferencia de lo que sucedió con los llamados judíos asquenazíes, de Europa del Este, los judíos persas (sefardíes) se integraron lingüística y culturalmente mejor.
¿Pero cómo explicamos el ataque israelí-estadounidense contra la sinagoga iraní? ¿No es acaso Israel el Estado que representa a todos los judíos del mundo? Aunque la propaganda trata de proyectar lo anterior, lo cierto es que SIONISMO Y JUDAÍSMO NO SON LO MISMO.
El judaísmo es una tradición religiosa, espiritual y cultural milenaria, con corrientes muy diversas: ortodoxos, reformistas, conservadores, místicos y seculares. Para muchos judíos, el judaísmo se define por una ética, la relación con Dios a través de la Torá y sus prácticas comunitarias.
El sionismo, en cambio, es un movimiento político moderno surgido a finales del siglo XIX, impulsado principalmente por Theodor Herzl, quien, curiosamente, no era creyente. Su objetivo central fue la creación de un Estado-nación judío como respuesta al antisemitismo europeo. No es una religión, sino una ideología nacionalista que ha tenido corrientes muy distintas: secular y socialista en sus inicios, revisionista (derechista), y religioso-nacionalista, actualmente dominante en parte de la coalición que gobierna el Estado de Israel.
No todo sionista es judío, pues existen cristianos evangélicos o de otras denominaciones religiosas o nacionalidades que se consideran a sí mismos sionistas. Y no todo judío es sionista. Históricamente han existido corrientes judías abiertamente anti-sionistas o no-sionistas: Corrientes ultraortodoxas como Neturei Karta y Satmar consideran que la creación del Estado de Israel antes de la llegada del Mesías es una herejía contra la voluntad divina. Había socialistas judíos de Europa Oriental que rechazaban el sionismo como escapismo burgués y defendían la lucha por derechos en los países donde vivían.
Intelectuales como Noam Chomsky, Norman Finkelstein o Ilan Pappé han criticado duramente el sionismo o las políticas del gobierno israelí actual (expansionismo, sionismo religioso-nacionalista), sin dejar de identificarse como judíos.
El ataque a la sinagoga Rafi-Nia ilustra esta distinción de forma clara. La comunidad judía iraní condenó el hecho y reafirmó su lealtad al país. Su representante en el Parlamento iraní lo calificó de “brutal”. Este incidente no fortalece la seguridad de Israel; al contrario, genera más resentimiento y alimenta la narrativa iraní de que la guerra no es solo contra su gobierno, sino contra su pueblo en su diversidad.
Criticar las políticas concretas del gobierno israelí (ocupación, acciones militares que afectan civiles o lugares de culto) no equivale a odiar a los judíos como pueblo o religión. Equiparar ambas cosas es una estrategia retórica que confunde el debate y cierra el diálogo. El judaísmo como tradición espiritual y cultural merece respeto. El sionismo como proyecto político del siglo XIX-XX es un hecho histórico que puede y debe ser legítimamente cuestionado, especialmente cuando se convierte en un nacionalismo religioso expansionista que niega derechos a otro pueblo y utiliza la religión para justificar la ocupación y la violencia.
El ataque de este 7 de abril contra una sinagoga centenaria en Teherán no solo daña un lugar sagrado; también pone de manifiesto la compleja relación entre identidad judía, sionismo político y las consecuencias de una guerra que ya afecta a judíos que no tienen ninguna relación con las decisiones del gobierno israelí.
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Texto publicado el martes 07 de abril de 2026 en Cortamortaja y Tinta Brava. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlaces: https://www.facebook.com/share/p/18dbGAHHGn/,
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