Reflexiones desde San Juan Totolcintla en torno al Plan de Paz, Justicia y Desarrollo del Pueblo Nahua del Alto Balsas


Por Gubidxa Guerrero Luis 

El miércoles 22 de julio de 2026, en San Juan Totolcintla, Guerrero, las autoridades tradicionales nahuas del Alto Balsas recibieron a Adelfo Regino Montes, Director del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), y a otros altos funcionarios del gobierno federal y estatal. 

No faltó el almuerzo, no faltó la comida, no faltaron las danzas ni la música. Fue, como ha sido desde hace cientos de años, un encuentro verdadero de autoridades nahuas, encabezado por el anfitrión, el joven Comisario José Luis Juárez Baltazar en el marco del naciente Plan de Paz, Justicia y Desarrollo del Pueblo Nahua del Alto Balsas.

Pero este texto no pretende ser un relato de lo que pasó. Es una invitación a pensar sobre lo que puede suceder, sobre lo que debe pasar, si queremos que este Plan no quede en uno más de esos documentos que firman gobiernos y pueblos, y que luego se quedan en letra muerta.

El gobierno mexicano ya ha firmado planes similares con otros pueblos hermanos. El más conocido es el Plan de Justicia para el Pueblo Yaqui, firmado en 2021 con una inversión multimillonaria. En papel, es un documento ejemplar: reconoce el despojo histórico, devuelve tierras, promete agua, universidad, infraestructura. Pero en la práctica, no todos los pueblos tradicionales yaquis firmaron; el pueblo de Loma de Bácum se quedó fuera. La tropa, la base del gobierno yaqui, no fue consultada adecuadamente. Se crearon organismos ajenos a la organización propia del pueblo. Y hoy, algunos yaquis llaman a su propio plan un "plan de injusticia".

También está el Plan de Justicia del Pueblo Amuzgo, firmado en agosto de 2025. Ahí el proceso fue más cuidadoso: se hicieron congresos regionales, reuniones con miles de participantes, comités técnicos comunitarios. Pero aun así, muchas decisiones quedan sujetas a validaciones de instancias ajenas: la SEMARNAT, el PROBIPI, los gobiernos estatales. Y la presencia de presidentes municipales y autoridades partidistas en las mesas de trabajo obligó a los promotores a aclarar: "el espíritu de este plan no tiene colores de los partidos políticos".

¿Qué nos dicen estos antecedentes? Que la inversión millonaria no garantiza justicia. Que la firma de autoridades no garantiza consenso. Que el reconocimiento en el papel no se traduce automáticamente en autonomía real.

Nuestra región no es cualquier territorio. Cuando menos desde el Epiclásico (700-900 d.C.), nuestros antepasados habitaron estas tierras que hoy conocemos como la cuenca del Ueyiatl (el Río Grande, el Río Mezcala, el Balsas). Arqueológicamente, somos herederos de la Cultura Mezcala con una relación intrínseca con Xochicalco y antecedentes teotihuacanos. Culturalmente, somos una de las regiones más ricas de México: los artistas de Xalitla, Ameyaltepec, Oapan, Ozomatlán y otras poblaciones son reconocidos universalmente por su trabajo en barro, madera y papel amate.

Pero políticamente, somos invisibles. Una veintena de pueblos nahuas milenarios está disgregada entre varios municipios: Tepecoacuilco, Mártir de Cuilapan, Eduardo Neri, Huitzuco... Ninguno de nuestros pueblos es cabecera municipal. Las gestiones se hacen en castellano, a la usanza externa, occidental. Mientras tanto, nosotros tenemos formas de organización propias, formas de gobierno que hemos ejercido desde antes de que existiera el Estado de Guerrero.

Nos hemos organizado de distintas maneras a lo largo del tiempo. A veces nos hemos llamado Consejo de Pueblos Nahuas. Recientemente nos constituimos como Unión del Pueblo Naua del Alto Balsas (Nauasentlaliskalpan Ueyiatl) y Asamblea Regional de Autoridades Comunitarias. Son nombres distintos de un mismo ente social vivo: un pueblo que existe, que resiste, que gobierna, y que únicamente exige que se le reconozca lo que por sí mismo ejerce.

En San Juan Totolcintla se habló de la necesidad de constituir un nuevo municipio: el Municipio del Alto Balsas. Es una idea valiente, pero también riesgosa. Integrar veinte pueblos en un solo municipio podría reeditar la exclusión: algunos pueblos podrían quedar marginados, otros podrían dominar, y volveríamos al mismo problema de las cabeceras ajenas.

Por eso se propone algo distinto: Que cada uno de nuestros pueblos tenga estatus de Municipio Libre. Que Xalitla sea municipio. Que Oacatzingo, Maxela, Oapan, Tetelcingo sean municipios. Que Ozomatlán,  Ahuehuepan, Totolcintla y cada uno de los demás pueblos sea cabecera de su gobierno, con presupuesto propio, con sus autoridades elegidas según sus Sistemas Normativos Internos, también llamados Usos y Costumbres.

Que estos veinte municipios libres conformen juntos el Distrito Local del Alto Balsas, con al menos un representante en el Congreso del Estado de Guerrero. Que la Asamblea Regional de Pueblos Nahuas del Alto Balsas —o la Unión del Pueblo Naua del Alto Balsas— sea la instancia rectora y/o coordinadora.

No es solo una reorganización administrativa. Es un acto de reparación histórica.

Hoy, nuestros pueblos son anexos de cabeceras municipales donde no somos mayoría, donde no se habla náhuatl, donde las decisiones se toman sin nosotros. Un municipio libre para cada pueblo rompe esa cadena de subordinación.

El Distrito Local del Alto Balsas nos da algo que no tenemos: voz propia en el Congreso estatal. Hoy nuestros votos se diluyen en distritos ajenos. Un distrito propio, con un representante nahua elegido por nosotros, nos hace visibles donde hoy somos invisibles.

Y la Asamblea Regional como instancia rectora garantiza que no seremos gobernados desde fuera. Ni el INPI podrá imponernos comités técnicos ajenos. Ni la Federación podrá autorizar megaproyectos sin nuestro consentimiento. Ni los presidentes municipales de turno podrán vetar lo que nuestros pueblos decidan sobre sus territorios.

El Plan de Paz, Justicia y Desarrollo no debe ser solo una lista de obras y millones de pesos. Sí, necesitamos caminos, necesitamos agua, necesitamos una Universidad o Colegio de Estudios Superiores donde se imparta no solo agronomía e ingenierías, sino también antropología, arqueología e historia repensadas desde nuestra cosmovisión. Donde los arqueólogos nahuas estudien la Cultura Mezcala como parte de nuestra propia continuidad histórica. Pero más que eso, necesitamos reconocimiento pleno de nuestra autonomía.

Que el náhuatl sea lengua de procedimiento en las instancias del plan. Que el Tlatouani ('Portavoz') o Comisario no sea una figura decorativa, sino quien también conduzca los diálogos. Que las danzas y la música del 22 de julio no sean folklore para turistas, sino protocolo de gobierno, como lo ha sido desde hace siglos.

Cuando transitamos la Autopista del Sol y cruzamos el Puente Mezcala —el Puente del Sol—, vemos una de las obras de ingeniería más destacadas de México. Pero también vemos una pregunta incómoda: ¿cuánto de ese desarrollo nos pertenece?

Los turistas pasan deprisa, de México a Acapulco. Pocos se detienen a conocer a los maestros de la pintura. Pocos saben que en la región se trabaja el barro con técnicas milenarias. Pocos compran máscaras directamente a quienes las hacen. El territorio es una ruta de paso, pero no un espacio de vida y reproducción cultural para quienes lo habitamos.

Un Plan de Justicia verdadero debe cambiar eso. Debe garantizar que los artistas nahuas controlen la cadena de valor de su producción. Que el turismo sea un intercambio regulado por las comunidades, no una invasión. Que el territorio no sea solo una carretera, sino tierra, río, montaña, historia y futuro.

El miércoles 22 de julio, en San Juan Totolcintla, se inició algo importante. Pero lo más importante es lo que construyamos después. Que aprendamos de los errores del Plan Yaqui. Que tomemos lo mejor del Plan Amuzgo. Pero que vayamos más allá. Que este Plan de Paz, Justicia y Desarrollo del Pueblo Nahua del Alto Balsas sea el primero en México que no se limite a "consultar" o a "invertir", sino que reconozca una estructura de gobierno propia con rango constitucional: veinte municipios libres, un distrito propio, una Asamblea Regional rectora.

Eso sería, de verdad, un acto de justicia histórica. Eso sería, de verdad, paz, justicia y desarrollo.


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*Texto publicado el jueves 23 de julio de 2026 en el perfil de Facebook del autor. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor. Enlace: https://www.facebook.com/share/p/1GiLfRh3Nx/
**Gubidxa Guerrero Luis (Juchitán, Oaxaca; Xalitla, Guerrero, 1983) es ciudadano nahua y zapoteca, etnohistoriador (ENAH), filósofo (UNAM) y periodista. Ha sido docente en la UACO, ponente en la UNAM y la Universidad de Glasgow (Escocia), y conductor del programa radiofónico Nuestros Pueblos, Nuestra Historia. Dirige la Revista Guidxizá (Nación Zapoteca), pertenece al Consejo Editorial de la revista Nauatlamatilistli, Sabiduría y arte de los nauas. Forma parte del Comité Melendre que ha impulsado proyectos como Abuelas Solares (Barefoot College, India) y las iniciativas post-sismo #AdoptaUnHorno y #CanastaBásicaIstmeña, entre otros. Columnista y coautor de libros de cuentos y ensayos, ha participado en TvUNAM, Canal 11, Canal 22, ForoTv y Milenio Televisión. Su práctica articula investigación, palabra y servicio al territorio.