Por Gubidxa Guerrero Luis
No están para saberlo ni yo para contarlo, pero el saludo me fue enseñado desde la infancia. Mis abuelos decían que cuando uno saluda, se presenta. Es una forma de decir: "Aquí estoy, este soy, hijo de fulana y merengano". Si algo te pasara, las personas a quienes saludaste darían razón de ti. Y viceversa.
Esa enseñanza, que a primera vista parece una simple costumbre de cortesía, guarda en su interior una sabiduría profunda sobre cómo funciona la convivencia humana. Porque saludar no es solo abrir la boca o levantar la mano. Saludar es, ante todo, un acto de reconocimiento mutuo. Es decirle al otro: "Te veo. No eres invisible para mí. Tu presencia en este espacio importa lo suficiente como para que yo me detenga un instante en ti".
Pero hay algo más. Al saludar, nos presentamos. No solo con el nombre, sino con la historia que llevamos a cuestas: "Soy hijo de fulano y merengana". Esa frase, que puede sonar anticuada o incluso ingenua a oídos modernos, contiene una verdad esencial: cuando nos presentamos de esa manera, nos hacemos responsables ante el otro. Y el otro, a su vez, se hace responsable de nosotros.
Es un pacto tácito, casi invisible, pero extraordinariamente poderoso. "Si algo te pasa, daré razón de ti". Eso significa que no estás solo; que hay alguien que sabe que existes, que puede dar cuenta de tu paso por el mundo, que te reconoce como parte de la misma trama social en la que vive.
En comunidades pequeñas o tradicionales, esa red de saludos teje un mapa de protección: cada persona saludada es un elemento de seguridad mutua, un punto de referencia en caso de necesidad.
Hoy, sin embargo, el saludo ha migrado a las pantallas. Un "like", un emoji o un "gracias" automático han sustituido al apretón de manos o a la inclinación de cabeza. Pero ahí reside la trampa: el saludo digital suele ser un acto sin cuerpo, sin la pausa del reconocimiento mutuo. Se saluda para reaccionar, no para presentarse. Y al perder el cuerpo, perdemos también la responsabilidad de "dar razón" del otro. La tecnología nos conecta en masa, pero rara vez nos vincula. Por eso, volver al saludo presencial no es nostalgia; es recuperar el peso físico del encuentro.
Hoy vivimos en ciudades enormes donde es fácil sentirse anónimo, donde pasamos junto a cientos de personas sin cruzar una sola mirada. La indiferencia se ha normalizado como mecanismo de defensa: "No saludo para no meterme en problemas", "No conozco a esa persona, ¿para qué saludarla?". Pero esa indiferencia tiene un costo.
Cuando dejamos de saludar, dejamos de presentarnos. Y cuando dejamos de presentarnos, nos volvemos invisibles los unos para los otros. La invisibilidad mutua es, quizás, la primera grieta por donde se cuela la desconfianza, el miedo, y finalmente la violencia.
El saludo, en su forma más genuina, es un pequeño tratado de paz; el encuentro, el camino del reconocimiento sobre el de la indiferencia. Es decirle al otro: "Vengo en son de paz, no te ignoro, no te niego". Y en ese gesto mínimo, en esa frase breve, se está construyendo algo mucho más grande: el tejido de confianza sin el cual ninguna sociedad puede funcionar.
Mis abuelos, con su sencillez, entendían algo que muchas veces olvidamos: que la paz social no empieza en leyes complejas. Empieza en algo mucho más humilde y mucho más poderoso: en la decisión de presentarnos ante el otro, de decir "aquí estoy, este soy", y de estar dispuestos a dar razón de quienes cruzan nuestro camino.
En tiempos de tanta desconexión, lo que necesitamos es volver a saludar. De verdad. Con la mirada, con el nombre, con la historia. Porque cada saludo es una semilla de paz. Pero una semilla no crece solo con ser sembrada; necesita tierra, agua y tiempo. Del mismo modo, el saludo no transforma el paisaje si se queda en un gesto aislado. Su potencia surge cuando lo repetimos con constancia, cuando lo extendemos a quienes no se parecen a nosotros, cuando saludamos incluso a quienes nos han olvidado.
La paz social no se decreta ni se descarga: se ensaya en cada "buenos días" que no espera recompensa. Y ese ensayo diario, tan pequeño como indispensable, es quizá la única revolución que sigue a nuestro alcance. Y las semillas, sembradas con constancia, terminan por transformar el paisaje.
_____
Texto publicado el martes 21 de julio de 2026 en Cortamortaja, Tinta Brava e Istmo Press. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor.
Enlaces: https://www.facebook.com/share/p/1EfWgAu96h/, https://www.facebook.com/share/p/1DRkPgvRaB/, https://www.facebook.com/share/p/19Cfdbx8Ec/
